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La derrota radicaliza a Trump y Paraguay se hunde en una crisis sin precedentes

Trump pierde el Congreso el martes y Santiago Peña pierde la presidencia el viernes. Dos lecciones sobre la prudencia a la hora de analizar los fenómenos políticos.

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Con el nombramiento de Miller, Trump revela que va a radicalizar su gestión
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Santiago Peña fue destituido
Stephen Miller sera jefe de gabinete de Trump

La magnitud del triunfo demócrata obligó a Donald Trump a hacer algo que nunca había hecho: reconocer la derrota y hasta sugerir que podría negociar con la oposición, que controlará el Congreso durante sus dos últimos años como presidente. Pero nada indica que vaya a modificar sus políticas, ni la doméstica ni la exterior, ni su violento discurso, por el mensaje de las urnas. Más bien, a juzgar por sus primeros movimientos, parece decidido a profundizar el rumbo.

Trump no leyó la derrota como una falla de sus políticas, ni siquiera en lo que más duele a los consumidores: el bolsillo. Admite que la guerra con Irán pesó porque impactó en el precio de la nafta, pero lo presenta como un costo que había que pagar para deshacerse de un régimen criminal que amenaza la seguridad global. El regimen sigue en pie. Ni una palabra sobre la evidente equivocación estratégica de entrar en esa guerra sin plan de salida y sin prever un escenario hasta entonces inexistente —el del estrecho de Ormuz, usado por Irán como arma de guerra— que explica el alza del petróleo y del galón de nafta que pagan los estadounidenses.

El rechazo a la guerra fue capitalizado por los demócratas, primero, porque dejaba al descubierto una promesa de campaña incumplida: Trump iba a ser el presidente que sacaría a Estados Unidos de todas las guerras y que no gastaría el dinero de los contribuyentes en conflictos externos. Pasó todo lo contrario. El efecto sobre el precio del combustible fue letal y el uso de recursos públicos para sostener una guerra lejana hizo el resto. Se veía venir, y Trump nunca pudo revertir el escenario.

En lugar de corregir, redobla. La primera señal es Stephen Miller. Tres días después de la derrota, Trump lo nombró jefe de gabinete en reemplazo de Susie Wiles. Es un mensaje que Trump quiere que se lea con claridad. Miller es quizás el hombre que más lo empujó a llevar al extremo las políticas que las urnas castigaron el 3 de noviembre: deportaciones masivas, aranceles y una política exterior radicalizada. Su denominador común es la lógica de suma cero: transacción dura con los “amigos” (aranceles, Dinamarca por Groenlandia) y coerción con los enemigos. O se acata o se castiga, sin límite alguno. Fue clave en la intervención en Venezuela: sacar a Maduro, pero dejar al chavismo para asegurarse los negocios petroleros. Siguiendo su lógica, lo que viene sería Cuba.

La segunda señal llegó este sábado, y es más estridente. Trump anunció en Truth Social que le ofreció el cargo de portavoz de la Casa Blanca a Dana White, presidente de la UFC (organización de artes marciales mixtas), a quien definió como un “violento luchador y guerrero”, y pidió sumar también a un grupo de peleadores (Islam Makhachev, Khabib Nurmagomedov, Justin Gaethje, Daniel Cormier, Amanda Nunes y Kayla Harrison), “aunque algunos no sean de nuestro país”. La razón, según el presidente: “Necesitamos que esta gente nos defienda contra la izquierda lunática”. White todavía no aceptó. Está claro que Trump no cree que su brutal política anti inmigratoria ni su discurso divisivo y violento hayan tenido algo que ver con la derrota del martes. Y si lo tuvieron, no le importa.

La "izquierda lunática" son para Trump los candidatos, que los votantes eligieron, con perfiles religiosos, pacifistas y progresistas, que hablaron de unidad, de regularización de inmigrantes, de derechos humanos y de costo de vida, y que ganaron incluso en territorios históricamente conservadores como Texas, Kansas o Iowa. Muchos prometieron un espíritu colaborativo y no entrar en terreno de las agresiones y la violencia verbal con Trump para bajar la temperatura política. Pero la designación de Miller y la posible embestida final de Trump puede empujarlos hacia la confrontación con el Ejecutivo y obligarlos a extremar posiciones que sus campañas evitaron.

Los republicanos, en tanto, están en problemas. Saben que lo que menos le importa a Trump es el destino del partido cuando se vaya, dentro de dos años. Las primeras medidas que tomó tras la debacle electoral lo revelan. Serán dos años de pelea con unos demócratas que intentarán hacerle la vida imposible y que ven como una oportunidad sacarlo de escena a él y a quienes aspiran a sucederlo. Se espera un desfile de funcionarios, empezando por Pete Hegseth, secretario de Guerra, para que expliquen los despliegues militares en Medio Oriente, el de Venezuela y lo que puede pasar con Cuba. Y la interna ya empezó: JD Vance marcó la cancha al atribuir, un día después de la elección, la derrota a la guerra con Irán y plantear que parte del electorado reclama cambiar la relación con Israel. Habrá que ver cómo se posiciona Marco Rubio, el otro presidenciable. La carrera hacia 2028 está en marcha.

Tanto el éxito como el fracaso suelen ser efímeros en la política. Hace dos años Trump arrasaba en las urnas y sus aliados de extrema derecha brotaban por todo el mundo. Hoy, ellos y sus políticas parecen en retirada. Una vez más conviene la prudencia a la hora de analizar los fenómenos políticos: ni los triunfos son definitivos ni las derrotas, sentencias.

Lo mismo vale para Paraguay. Santiago Peña, a sus 47 años, era el modelo del líder joven que venía a modernizar la política y a consolidar un esquema macroeconómico que parecía funcionar a la perfección y que políticos y analistas económicos de la región elogiaban. El viernes, el Senado lo destituyó por unanimidad de los presentes (44 de 45) y minutos después fue detenido en su casa por su presunta responsabilidad en la caída de Ueno Bank.

La clase política aceleró los tiempos después de que se desató el escándalo que dejó sin acceso a sus ahorros a casi tres millones de personas, el 60% de la población adulta del país. Es un escándalo sin precedentes que amenaza con llevarse puesto a todos y resquebrajar estructuras partidarias históricas como la del Partido Colorado.

Peña perdió el respaldo de su propio partido y, sobre todo, el de quien sigue manejando los hilos del país: el expresidente Horacio Cartes, que habría avalado el juicio político pero salvó al vicepresidente Pedro Alliana y lo puso en la presidencia. Ahora Alliana, que también estaba en la mira de la oposición, deberá aguantar el embate si quiere llegar a las elecciones de 2028, y convencer de que no sabía nada de lo que hacía Peña. La calle, estafada y enfurecida, y los votos, en elecciones anticipadas como pide la gente o en 2028, podrían tender la última palabra. Sería, en medio de tanta incertidumbre, lo más rescatable.

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