Cuentan que a Margaret Thatcher le preguntaron una vez cuál había sido su mayor éxito político, y respondió: Tony Blair. La Dama de Hierro se refería a la Tercera Vía, el programa con el que el laborista, opositor a Thatcher, gobernó desde 1997: una izquierda que archivaba sus viejos postulados sobre el rol del Estado y la alta carga fiscal, y adoptaba buena parte de la agenda neoliberal que Thatcher había dejado instalada.
Ese fue el momento en que el laborismo entendió que, para volver al poder y quedarse, ya no alcanzaba con la fórmula con la que la izquierda democrática de la posguerra había gobernado con éxito las grandes democracias occidentales: economía de mercado, Estado de bienestar fuerte y justicia social. Después llegó la crisis financiera de 2008, y la antipolítica que vino detrás expuso el agotamiento de ese modelo y se llevó puesta a la socialdemocracia. Arrastró también a la centroderecha, que se alternó en el poder sin animarse nunca a romper esos postulados. Hoy la agenda global la marca una derecha mucho más dura, que no solo quiere imponer la suya sino que no tiene problema en dinamitar un orden liberal que ya hace años entró en una crisis de la que no logra salir. El resultado es un mundo dominado por los extremos. Alcanza con mirar tres escenarios.
Arde Francia
En Francia, el sistema se desarma a la vista de todos. Ayer la rabia volvió a las calles: estudiantes, empleados públicos, transportistas, agricultores, sindicatos y los chalecos amarillos, que reaparecieron ocho años después de su estallido de 2018, respondieron a una convocatoria nacida en TikTok y marcharon en unos 500 puntos del país. Los organizadores hablan de 800.000 personas. La jornada terminó en caos: barricadas, comercios y autos incendiados, el Ayuntamiento de Limoges destruido por el fuego, la comisaría y el Ayuntamiento de Marsella vandalizados y más de 400 detenidos hacia la noche. El llamado a la calma que Macron había hecho el viernes no tuvo efecto.
La revuelta empezó como una rebelión de estudiantes de los liceos contra el deterioro de la educación y se transformó en un reclamo general por el costo de vida y contra un presupuesto que prevé recortes por 54.000 millones de euros, con una deuda que ya llega al 119 % del PIB. Desde que arrancó el movimiento se contabilizan unos 8.000 detenidos, el 85 % menores, y más de 1.200 heridos entre estudiantes, personal docente y policías.
Mientras la calle arde, el centro político francés mira desde la tribuna: los socialistas y lo que queda del gaullismo son espectadores, y Macron, con una aprobación que cayó a 16 %, dejará el poder con más pena que gloria, tras un experimento centrista que le alcanzó para mantenerse casi diez años en el Elíseo pero no para pasar a la historia. Los únicos que capitalizan el clima son los extremos. Mélenchon, líder de la izquierda, recorrió las marchas de París con aire de satisfacción, y Marine Le Pen, que encabeza las encuestas para abril, está más cerca del Elíseo de lo que ninguna ultraderecha estuvo desde la Segunda Guerra.
Estados Unidos
En Estados Unidos, Donald Trump se quedó hace rato con el Partido Republicano y lo llevó lejos de sus tradiciones. Rompió alianzas históricas de Occidente, tensó el sistema democrático hasta ser acusado por la Justicia de desconocer resultados electorales y se siente más cómodo pactando con Putin que con Zelenski y los europeos, como se vio la semana pasada con el acuerdo para que Rusia le venda diésel a Estados Unidos, que incluye la flexibilización de sanciones.
Ahora, a menos de tres semanas de las elecciones de medio término, paga el costo de haber metido otra vez al país en una guerra imposible en Medio Oriente: la inflación interanual llegó a 3,7 % en septiembre, empujada por la nafta, y la salida pasa, de nuevo, por el poder militar. Ya no para soñar con un cambio de régimen en Irán, sino para volver al 28 de febrero de 2026, cuando el estrecho de Ormuz y el petróleo no eran un problema. El 3 de noviembre los demócratas no solo podrían quedarse con el control de ambas cámaras, sino que además medirán fuerzas internas: hasta dónde creció el sector que, de la mano de Zohran Mamdani, cree que para ganarles a los republicanos en dos años, posiblemente representados por Marco Rubio o J. D. Vance, necesita correrse de la moderación de los Clinton, Obama o Biden y extremar sus posiciones.
El centro, solo para buscar algunos votos
La región no es ajena a esta marea, y Brasil es su mejor espejo. El domingo 25 se define un balotaje inédito por su polarización entre Lula y Flávio Bolsonaro, que ganó la primera vuelta del 4 de octubre con 47 % de los votos válidos contra 45 % del presidente. Es el fruto de una extrema derecha que, desde su irrupción en 2018 de la mano de Jair Bolsonaro, no hizo otra cosa que crecer y consolidarse. Ni siquiera le cuesta votos que Flávio prometa indultar a su padre, figura central del bolsonarismo, condenado a 27 años por intentar un golpe de Estado: uno de los delitos más graves que puede cometer un dirigente político, y más aún si lo hizo desde la presidencia.
Lula, que a los 80 años busca un cuarto mandato, aceleró en los últimos días y se recostó en su agenda de izquierda. El miércoles el Senado aprobó, con un solo voto en contra, la reducción de la jornada laboral de 44 a 40 horas con dos días de descanso, una ley que el presidente se arroga como propia. Flávio, que la había calificado de “oportunista”, terminó votándola a favor. Pragmatismo. A eso se suman la condonación de deudas a microempresarios, más subsidios a los combustibles y la prohibición de las apuestas deportivas y los casinos online.
El siglo XXI vio desaparecer a los partidos tradicionales que, con base en el centro, oscilaban entre izquierda y derecha. Hoy al centro solo se lo visita cuando hace falta seducir a un sector que, aunque minoritario, puede definir una elección pareja, como la de Brasil. Eso explica por qué el oficialismo salió a disputarle a Flávio la bandera de la seguridad: el jueves, el jefe de la bancada del PT en el Senado, Camilo Santana, que además coordina la campaña de Lula, impulsó una enmienda constitucional de seguridad pública que podría incluir bajar de 18 a 16 años la edad de imputabilidad penal. El vicepresidente Geraldo Alckmin se declaró a favor para delitos graves aunque el bloque del gobierno en el Senado aclaró que no acompaña esa baja. Es la misma lógica por la que Flávio terminó acompañando el proyecto para recortar las horas laborales, cuando al principio se oponía: los dos van por los indecisos que en primera vuelta eligieron otra opción. Son excepciones tácticas: ni en Brasil ni en ningún otro lado parece haber vida en el centro político.