Donald Trump necesita que el acuerdo que está negociando con Irán no se lea como una capitulación de Estados Unidos. Le costará bastante. Por eso aún no se cerró, más allá de que lo que más le interesa ya está acordado: que los barcos con petróleo vuelvan a circular por el estrecho de Ormuz y se reconstruya el mercado global de crudo. Lo que busca ahora, al pedir nuevas enmiendas al acuerdo que sus enviados alcanzaron con los iraníes, son cambios en el borrador de las cláusulas relativas al programa nuclear. Pone el foco en ese tema porque cree que ahí está la clave de cómo el mundo, y también la política interna de Estados Unidos, interpretará el acuerdo. El régimen iraní conoce esa urgencia y negocia desde una posición de relativa fortaleza, imponiendo condiciones que, sabe, Trump terminará aceptando tarde o temprano.
Los 60 días que se establecerán para negociar los compromisos nucleares de Irán y el alivio de las sanciones estadounidenses —con la gestión del arsenal de uranio enriquecido y los límites al enriquecimiento futuro como primeros puntos de la agenda— parecen, en el mejor de los casos, muy poco en relación con las expectativas creadas. Peor aún: difícilmente sirvan para algo más que perpetuar la inestabilidad en Medio Oriente.
Quien tiene eso claro es el gobierno de Israel, aunque no tiene margen para quejarse públicamente de la estrategia de Trump. Netanyahu comenzó a reaccionar y se mueve, una vez más, con agenda propia, intentando no irritar ni arruinarle los planes de pacificación al presidente estadounidense. Mientras avanza territorialmente en Gaza para impedir que Hamás recupere capacidad militar —organización que, vale aclarar, no se desarmó—, ya está decidido a actuar con contundencia contra Hezbolá, que sigue haciendo imposible la vida de millones de personas en el norte del país. Israel ya advirtió que ninguna negociación ni alto el fuego lo limitará a la hora de defender a sus ciudadanos. Hezbolá, al igual que Irán, no aceptará una derrota definitiva, y por eso, más allá de las negociaciones con el Líbano —cuyo rumbo exacto nadie conoce—, Israel ya profundizó sus ataques, dejando el alto el fuego como poco más que un título formal.
Buena parte de los asesores que rodean a Trump y muchos republicanos comparten la visión israelí de que Trump se apresuró al declarar el cese del fuego el 8 de abril. En ese momento, el régimen iraní estaba contra las cuerdas, sostienen, y se necesitaba al menos un mes más de presión militar constante para seguir destruyendo sus instalaciones misilísticas, nucleares e infraestructura crítica, y dejar al liderazgo del régimen verdaderamente exhausto. Ese era el momento para detener la guerra y exigir condiciones reales.
Pero parece que otros actores pesaron más que Israel en la decisión de Trump. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos presionaron al presidente estadounidense, motivados por el temor a represalias iraníes contra su infraestructura estratégica. ¿Le habrá pedido el rey saudí Bin Salman explícitamente a Trump que abriera una negociación y detuviera los combates porque su mayor temor era que Irán atacara una planta desalinizadora clave y dejara a Riad sin agua potable?
El precio de la nafta en Estados Unidos también terminó de convencer a Trump de que el daño infligido a Irán era suficiente. Trump sabía perfectamente que Irán intentaría bloquear Ormuz si estallaba el conflicto, pero no tuvo la determinación política de asumir el costo económico que eso implicaba para los estadounidenses.
En definitiva, Trump y los países árabes querían una guerra contra Irán ganada sin costos, o al menos sin costos demasiado altos. Era una expectativa casi imposible de cumplir. Esta guerra nunca fue concebida —salvo por Israel— como una confrontación destinada a transformar definitivamente Medio Oriente. Y para lograr un cambio de esa magnitud, las estrategias a medias no alcanzan. Así como se acusa a Israel de haber arrastrado a Trump a iniciar esta guerra, hoy está cada vez más claro que los países árabes son los autores intelectuales de su fin prematuro.
La guerra terminará, pero Medio Oriente se parecerá mucho a lo que era un día antes de que comenzara: con un régimen iraní golpeado, pero en pie y dispuesto a reconstruirse. A diferencia de Trump, Teherán no tiene apuro. El memorando de entendimiento que se está negociando incluye un compromiso de Irán de no buscar un arma nuclear, pero no hay concesiones específicas más allá de eso. Israel sabe que la amenaza nuclear iraní se detuvo, aunque solo temporalmente, y no cree en las promesas de Teherán sobre renunciar a las armas nucleares. Lo mismo dijeron durante años mientras enriquecían uranio al 60%: un umbral crítico de proliferación nuclear, muy por encima del nivel necesario para uso civil y peligrosamente cercano al 90% requerido para grado armamentístico. Por eso, luego de que se firme el acuerdo, solo quedará contar los meses o años para que Israel vuelva a atacar las instalaciones nucleares iraníes y ralentizar nuevamente un programa que, más allá de las amenazas de Trump y las promesas de los iraníes, todos dan por sentado que seguirá en pie.