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Sábado 28 de Marzo, Neuquén, Argentina
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Honoris Causa y polémica: el regreso de Pichetto provocó un escándalo

La polémica por el Doctorado Honoris Causa a Miguel Ángel Pichetto en la Universidad Nacional de Río Negro expuso una grieta profunda en la política rionegrina: entre quienes reivindican su peso histórico en la provincia y quienes rechazan su presente político.

Sabado, 28 de marzo de 2026 a las 12:59
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La discusión por el Doctorado Honoris Causa a Miguel Ángel Pichetto en la Universidad Nacional de Río Negro dinamitó algo más profundo que un simple reconocimiento académico. Lo que está en juego no es un título, sino una pregunta incómoda para la política rionegrina: ¿a quién está dispuesta a reivindicar cuando necesita volver a tener poder?

Porque la escena es brutalmente clara. De un lado, quienes recuerdan que sin Pichetto esa universidad difícilmente existiría. Del otro, estudiantes y sectores políticos que no están dispuestos a separar al gestor del presente del dirigente que hoy lo para en otro lugar. No hay punto medio. Memoria contra actualidad. Y en el fondo, una pelea por el sentido de la política en la provincia.

Pero reducir a Pichetto a esa discusión es quedarse en la superficie. En Río Negro, su nombre no se discute por lo que dice, sino por lo que hizo. No es un dirigente decorativo. Es parte de la estructura del poder, aunque desde hace un tiempo alejado del territorio que lo tuvo como figura relevante.

Llegó desde Banfield, se instaló en Sierra Grande, construyó desde abajo y terminó convirtiéndose en algo mucho más determinante: el hombre que, desde Buenos Aires, resolvía problemas de los intendentes. Durante años, fue gestión pura. El que destrababa fondos, el que conseguía obras, el que abría puertas. Sin relato, sin épica, pero con resultados concretos.

Su obra más pesada no se mide en discursos, sino en ladrillos: la creación de la propia Universidad Nacional de Río Negro. Un proyecto que empujó junto a Juan Carlos Del Bello y que cambió para siempre el mapa educativo rionegrino. Y ahí está la ironía que hoy incomoda: la institución que ayudó a levantar es la misma que ahora debate si debe homenajearlo.

Esa contradicción no es casual. Es el reflejo de una carrera política que nunca fue lineal. Pichetto fue durante años el sostén del kirchnerismo en el Senado, el garante de gobernabilidad para Néstor y Cristina. Y después, sin titubeos, cruzó de vereda: Auditor General, aliado y candidato a vicepresidente de Mauricio Macri. Un giro que en Río Negro no pasó inadvertido y que lo convirtió, para muchos, en un dirigente difícil de digerir, acentuando su falta de carisma.

Pero la política no se mueve por pureza ideológica. Sino por necesidad. En épocas de falta de conducción clara y con dificultades para construir volumen, los viejos nombres empezaron a recuperar peso específico en el PJ. Entre ellos, Pichetto. La visita a Cristina en el departamento de la calle San José donde está presa, habilitó la aparición nuevamente de su nombre, 

Por eso el ruido no es casual. El Doctorado Honoris Causa es apenas la excusa visible de algo más profundo: el regreso de un actor que incomoda, pero que nadie puede ignorar. Porque tiene algo que hoy escasea, experiencia real de poder.

En ese contexto, la postura de Martín Soria termina de blanquear la situación. El mismo dirigente que supo enfrentarlo ahora baja la intensidad y deja una frase que suena a bienvenida: "no sobra nadie". Pichetto molesta, pero hace falta para transitar la mano derecha de la avenida del medio. 

En el ámbito provincial también cuentan las declaraciones de Soria. Es que en un peronismo que aparece dividido, con María Emilia Soria como candidata, pero sin alinear a todos, vuelve al recuerdo el triunfo de Carlos Soria en 2011. Pichetto no tuvo mezquindades, acompañó el único festejo del PJ desde la vuelta a la democracia. Y también fue la voz que peleó por sostener la institucionalidad y el respeto de la Constitución, en plena crisis posterior al asesinato del Gringo. Habilitó la continuidad que llevó a Alberto Weretilneck a la gobernación y que los alejó del sillón de calle Laprida en Viedma.

Hoy, con 75 años, el dirigente poco carismático y con menos paciencia, vuelve a aparecer en la escena. ¿Podrá reconstruir su espacio y alinear a los suyos, hoy pintados de violeta? Son incógnitas que sólo el tiempo podrá develar. Lo cierto es que, como dijo el diputado Soria, "el que se va sin que lo echen, vuelve sin que lo llamen".

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