Donald Trump ya tiene sobre la mesa todas las opciones para terminar la guerra. Ninguna le garantiza una victoria contundente, pero eso no lo detiene. Se mantiene firme en su estrategia: presión máxima sobre Irán, estrangulando su economía y, sobre todo, su producción petrolera. Sus líneas rojas también están claras. Al rechazar la última propuesta enviada por el régimen a través de Pakistán, Trump dejó en evidencia que sin la cuestión nuclear sobre la mesa (tanto el posible desarrollo de un arma, como los 400 kilos de uranio enriquecido al 60% que Teherán tiene en su poder y que le darían la posibilidad de generar armas nucleares) no habrá ningún tipo de acuerdo.
El régimen iraní, por su parte, empieza a preocuparse. Si no puede sacar su petróleo por el bloqueo de sus puertos, se verá forzado a cerrar pozos. Rehabilitarlos le costaría tiempo y, sobre todo, cientos de millones de dólares. Trump confía en que esa presión llevará al régimen a ceder en las condiciones que le impuso. Por ahora no parece estar funcionando. En las últimas horas surgieron versiones sobre que China y Pakistán le estarían ofreciendo alternativas para sacar el crudo y evitar el colapso económico. Trump mira esa maniobra con atención y muy probablemente la pondrá sobre la mesa en su encuentro personal con Xi Jinping que se hará este mes cuando viaje a Pekín. Se trata de una visita histórica en un momento muy particular de la geopolítica global. La pregunta es si antes de esa reunión Trump ordenará reanudar los ataques militares en Irán. Es una posibilidad que cobra cada vez más fuerza. Los iraníes así lo creen y ya amenazan con represalias. Israel, por su parte, declaró estar listo para terminar el trabajo, es decir, destruir las capacidades militares y nucleares del régimen.
Las cartas están sobre la mesa
Trump ya tiene sobre la mesa los planes que le presentó el almirante Brad Cooper, comandante del CENTCOM, quien visitó recientemente a marineros y marines desplegados en el mar Arábigo. La operación apuntaría a golpear la infraestructura energética iraní y, eventualmente, intentar abrir el estrecho de Ormuz mediante una acción terrestre puntual. El objetivo sería asestar un golpe definitivo a un régimen que, según Trump, ya está quebrado: sería el último empujón antes de su descomposición total. Sin embargo, este escenario tiene un problema central: no garantiza el cumplimiento del objetivo y, peor aún, podría reactivar la crisis regional. Irán ya demostró que con pocos recursos puede causar un daño considerable.
La otra opción, asfixiar la economía iraní a través del bloqueo de su mercado petrolero, podría eventualmente doblegar al régimen y debilitarlo hasta llevarlo, exhausto, a una eventual mesa de negociación. Pero el problema es que eso puede tardar meses. Y dejar la guerra abierta durante ese tiempo implica un riesgo concreto: que el conflicto empiece a parecerse demasiado a Ucrania y termine perpetuándose. Porque como ya quedó demostrado, a los iraníes les alcanza con muy poco para mantener el caos en los mercados: drones y misiles baratos son suficientes. Teherán sabe que tiene esa carta para extorsionar a los mercados y por ahora la está usando bien: el precio del petróleo sigue muy alto y en estos dos meses de tensión no se consolidó ninguna baja sostenida, a pesar de que Trump se muestra victorioso y dueño de la agenda. Como si fuera poco, esta misma estrategia le genera a Trump muchos dolores de cabeza a nivel interno, donde las subas de combustible están fatigando a la población estadounidense, que en apenas siete meses irá a las urnas en unas elecciones de medio término que serán un plebiscito sobre la gestión de Trump.
No solo los mercados no le creen a Trump: tampoco buena parte de la comunidad internacional, como el canciller alemán Friedrich Merz, quien considera que Irán sigue siendo un actor poderoso, con capacidad real para desestabilizar la economía global y hasta “humillar” a Estados Unidos. Trump dice que tiene tiempo. Pero necesita cerrar este asunto lo antes posible. Primero, por los costos políticos internos de una guerra que los norteamericanos no quieren y que los golpea directamente en el bolsillo. Segundo, porque el conflicto ha desgastado como nunca su relación con los europeos. Mientras tanto, China observa con comodidad cómo primero la situación en Ucrania y ahora Irán van quebrando alianzas y debilitando a Occidente.
En definitiva, Trump va a actuar más temprano que tarde. Y es muy probable que lo haga utilizando su poder militar para debilitar aún más a los iraníes. Difícilmente pueda resolver el problema de forma definitiva, pero quizás a él le alcance para declarar que ganó y dar vuelta la página