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Jueves 26 de Marzo, Neuquén, Argentina
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Malvinas, la memoria en disputa: correr también es decir soberanía

En tiempos donde nuevas generaciones apenas reconocen qué ocurrió en 1982, cada gesto en las islas vuelve a poner en discusión qué recordamos, cómo lo contamos y qué lugar ocupa Malvinas en la Argentina de hoy.

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Correr en Malvinas no es lo mismo que correr en cualquier otro lugar del mundo.

Hay hechos que, aun cuando parecen deportivos, en realidad dicen mucho más sobre una sociedad que sobre una marca en el reloj. Lo ocurrido en la Stanley Marathon, en Puerto Argentino, es uno de esos casos: una competencia internacional, certificada, exigente, pero sobre todo cargada de un peso simbólico que trasciende cualquier podio.

Correr en Malvinas no es lo mismo que correr en cualquier otro lugar del mundo. No es solo el viento constante, ni el terreno irregular, ni la geografía hostil. Es, ante todo, un territorio en disputa, atravesado por la historia reciente y por una memoria que, a más de cuatro décadas de la Guerra de Malvinas, sigue siendo un campo de tensiones.

Lo más inquietante, quizás, no es lo que ocurre en las islas, sino lo que ocurre en el continente. Que haya chicos que pregunten quiénes son “los pibes de Malvinas” —como surge del relato de la atleta argentina Candela Cerrone que alcanzó la meta hace unas semanas — no es un dato menor ni anecdótico: es un síntoma. Habla de una memoria que se diluye, de una narrativa que pierde centralidad y de una historia que ya no se transmite con la misma fuerza.

En ese contexto, la maratón adquiere otro significado. No es solo una prueba atlética: es una forma de presencia. Un modo, aunque sea indirecto, de volver a poner el cuerpo —literalmente— en un territorio que la Argentina sigue reclamando. Sin banderas, sin símbolos visibles, incluso con restricciones formales, el solo hecho de estar allí ya configura un mensaje.

La maratón adquiere otro significado. No es solo una prueba atlética: es una forma de presencia. Un modo, aunque sea indirecto, de volver a poner el cuerpo —literalmente— en un territorio que la Argentina sigue reclamando

La paradoja es potente: en un lugar donde no se permite exhibir la identidad nacional argentina, los gestos individuales adquieren un valor amplificado. Una dedicatoria, una frase en la llegada, una emoción que se vuelve viral. Todo eso funciona como una forma contemporánea de construcción de memoria, distinta a la épica tradicional, pero igualmente efectiva en tiempos de redes sociales.

También hay algo más profundo en juego: la transformación de los modos de recordar. Durante años, Malvinas estuvo ligada a actos oficiales, discursos políticos o efemérides escolares. Hoy, en cambio, aparece en canciones de fútbol, en contenidos virales y en hechos deportivos que resignifican su lugar en la agenda pública.

 

Lo que ocurre en escenarios como la Stanley Marathon debería servir como disparador, no como punto de llegada. La pregunta no es solo qué pasó en una carrera, sino por qué sigue siendo necesario explicar qué pasó en 1982.

 

Pero esa resignificación tiene un riesgo: la superficialidad. Si la memoria depende exclusivamente de momentos emocionales aislados, corre el peligro de perder contexto. Por eso, lo que ocurre en escenarios como la Stanley Marathon debería servir como disparador, no como punto de llegada. La pregunta no es solo qué pasó en una carrera, sino por qué sigue siendo necesario explicar qué pasó en 1982.

Malvinas, en definitiva, sigue siendo una disputa abierta. No solo geopolítica, sino cultural y generacional. Y en esa disputa, cada gesto cuenta: desde una clase en una escuela hasta una corredora cruzando la meta en el fin del mundo.

Porque a veces, correr también es una forma de decir.

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