Aún lleno de contradicciones en sus pronunciamientos públicos, es posible identificar un claro patrón de conducta en Donald Trump al encarar los asuntos internacionales. Mientras habla de negociaciones y ordena a sus asesores presentar propuestas que dejen en claro quién manda, moviliza tropas e interviene militarmente para imponer condiciones. Desescala en lo discursivo, aunque no abandona las amenazas, para escalar en lo militar. Así lo hizo, y le resultó, en la guerra de los 12 días contra Irán en junio de 2025. También en Venezuela los primeros días de este año. La misma fórmula parece estar en marcha en esta guerra en Medio Oriente que ya cumple un mes: mientras habla de negociaciones, Estados Unidos se prepara para desbloquear militarmente el estrecho de Ormuz. Ese es el trofeo que Trump necesita para proclamar que ganó.
Todos pierden, pero todos pueden ganar
En los próximos días buscará que Irán se rinda, aunque no necesariamente de manera incondicional como pretende. Tal vez le alcance con que la teocracia acepte volver al escenario que existía en Ormuz un segundo antes de que comenzara esta guerra. Con eso se tranquilizarían los mercados y Trump podría sostener que el régimen quedó sensiblemente debilitado tras la intervención militar y que por eso accedió a su exigencia. Al mismo tiempo, la teocracia podría presentarlo ante su propia audiencia como una victoria: resistió la embestida militar de la principal potencia mundial y de Israel. Y no renunciaría a su desarrollo nuclear y militar. Además, el cambio de régimen, uno de los objetivos originales de Trump en esta cruzada, quedaría postergado para otra ocasión. Parece poco para Trump, pero podría convencerse de que es la mejor opción para poner fin al conflicto y amortiguar el daño que el precio del petróleo le está haciendo a los bolsillos de los estadounidenses. En ese escenario, Cuba podría convertirse en el objetivo inmediato para dar vuelta la página y relanzar la agenda internacional. El último viernes ya se encargó de deslizar esta idea en una intervención pública.
La gran encrucijada de Trump
Sin embargo, este escenario de intercambios de mensajes, entre los asesores de Trump e Irán, que se realiza vía Pakistán, choca frontalmente con el imponente despliegue militar que Estados Unidos sigue desplegando en los últimos días. Acaban de llegar los primeros refuerzos de tropas estadounidenses a Medio Oriente. Unos 3.500 infantes de Marina y marineros son transportados por el buque de asalto anfibio Trípoli, que también traslada aviones caza y de transporte, así como equipos tácticos y de asalto anfibio. Trump parece prepararse para una operación a gran escala orientada a liberar por la fuerza el estrecho de Ormuz y demostrarle al régimen hasta dónde está dispuesto a llegar. Se trata de una apuesta de enormes riesgos: los antecedentes de Estados Unidos en intervenciones terrestres no lo favorecen, y la realidad sobre el terreno tampoco: Irán parece estar dispuesta a seguir utilizando “tácticas insurgentes” para seguir generando caos que podría en riesgo la vida de los soldados estadounidense, algo que a Trump le costaría mucho explicar puertas adentro.
En Venezuela utilizó la misma fórmula. Mientras amenazaba con la fuerza para derrocarlo, le exigía a Maduro que se entregara. Una vez consolidado el despliegue militar en el Caribe, lo capturó. Y no necesitó mantener a soldados en el territorio. Hoy busca repetir el esquema: le pide al régimen que se rinda, o al menos que libere Ormuz bajo la amenaza implícita de escalar hacia escenarios bélicos sin precedentes. Trump no puede cerrar esta guerra sin controlar el estrecho, o al menos sin garantizar su reapertura a través de un acuerdo con Irán. La fórmula Delcy Rodríguez.
El escenario más probable: una escalada del conflicto
El régimen sabe que su única arma de resistencia es el caos en los mercados. Con el precio del petróleo por encima de los 100 dólares, tiene el escenario ideal. Por el estrecho de Ormuz circula el 20% del petróleo y gas mundiales, el 30% del helio y el 33% de los fertilizantes del planeta. Esas cifras explican por qué Irán no tiene incentivo alguno para entregar las llaves de ese paso estratégico, que se ha convertido en la pieza central de la guerra. ¿Qué puede ofrecerle diplomáticamente Estados Unidos para que Irán dé ese paso? Y más importante aún: ¿por qué debería Irán creerle a Trump, si en dos oportunidades anteriores inició la guerra mientras había negociaciones en curso? Esta sería la tercera vez.
Por todo esto, una escalada militar de consecuencias imprevisibles es el escenario más probable en los próximos días. Estados Unidos se prepara para una operación de gran envergadura que, muy probablemente, incluirá acciones terrestres. Trump necesita ganar, o al menos construir un relato de victoria medianamente sustentado en la realidad. En Venezuela fue la captura de Maduro. En la guerra anterior con Irán, haber atacado infraestructura nuclear que parecía inalcanzable. Ahora necesita liberar el estrecho de Ormuz, y para eso deberá hacer lo que creyó que no iba a necesitar cuando comenzó este conflicto hace un mes. El "negociar con bombas" con el que Pete Hegseth describió esta etapa de la guerra dará lugar, más temprano que tarde, a una escalada sin marcha atrás.