Hoy se cumplen 50 años del golpe de Estado de 1976. Fue anunciado, y favorecido, por un gran descontento, crecido en la sociedad, acerca del gobierno de Isabel (María Estela) Perón. Los militares conjuraron, la izquierda política alentó, los partidos políticos se hicieron los distraídos, el gremialismo colaboró todo lo que pudo. Resultado: la peor dictadura de la historia argentina.
Medio siglo es mucho tiempo. Con mucho esfuerzo y sangre derramada, la democracia retornó para conducir el país, en 1983. Se sostuvo el orden institucional, pese a las crisis: la rebelión carapintada, la hecatombe económica, el adelanto en el traspaso del poder, la asunción de Carlos Menem, el programa de convertibilidad, la agonía del programa de convertibilidad, la asunción de Fernando De la Rúa, el estallido de 2001, los gobiernos previsionales, la asunción de Néstor Kirchner en 2003, y después Cristina, y después Macri, y después Alberto Fernández y la pandemia, y, finalmente, Javier Milei.
Ha sido medio siglo durante el que no se repitió un golpe de Estado como aquellos a los que estábamos acostumbrados, pero en el que sí hubo muchos “golpecitos” disfrazados. Y, sobre todo, una gran relatividad institucional, una insatisfacción popular casi permanente, un muestrario de las deficiencias e impotencias concretas de la democracia argentina.
En definitiva, pasó medio siglo y los argentinos todavía no estamos bien. Ahora mismo, hoy, habrá movilizaciones contradictorias, pues muchos, dentro de esas movilizaciones, alentarán el fin del actual gobierno, porque “no puede haber nada peor”, o porque es el equivalente a aquella dictadura; mientras, el gobierno, se defiende afirmando que los mismos que están en su contra son parte de aquel terrorismo que eclosionó y perjudicó a todos y que después se pretendió ocultar y romantizar: todo muy parecido al clima de agitación propiciatoria que hubo en el proceso previo al golpe de Estado de 1976.
No, no estamos bien los argentinos, fundamentalmente porque nos cuesta una enormidad hacer coincidir la felicidad (siempre relativa) con la democracia.
Neuquén, en este contexto, no difiere demasiado en las razones profundas del malestar incómodo. Pero, al menos, se destaca por razones de estructura económica (la producción de hidrocarburos en gran escala, en un momento clave) e interpretación política mayoritaria sobre esa importancia, con foco en que esa posibilidad se derrame sobre los ciudadanos que aquí viven.
Neuquén procesa heridas similares, con sus desaparecidos, con sus torturados, con sus sobrevivientes, y amasa, entre el descontento y la esperanza, una opción, que puede ser para el país todo.
No habría que desaprovecharla.