El 2 de julio de 1961, Ernest Hemingway accionó el gatillo de su escopeta de doble cañón, y puso fin a su vida. Fue en la madrugada, en su casa de Ketchum, en Idaho, Estados Unidos. Había tomado esa decisión bastante antes. Nada pudo impedir que la concretara. Era un hombre que hacía lo que quería. Tal vez, por eso fue periodista.
Hemingway ganó el premio Nobel de Literatura, y el Pulitzer. Sus novelas fueron llevadas al cine. Fue corresponsal de guerra, y combatiente. Dicen que, una vez, estuvo con otros periodistas en una reunión con Benito Mussolini. El líder fascista recibió a los reporteros leyendo un libro. Estuvo un rato así. Tanto, que Hemingway se fue corriendo, hasta alcanzar un lugar desde que podía ver lo que el italiano presuntamente leía. Vio entonces que sostenía el libro al revés. Con esa certeza, hizo una crónica distinta a la de todos: describió a Mussolini como un farsante.
El Pulitzer se lo dieron por El Viejo y el Mar, una novela que es, a la vez, una crónica, un relato periodístico. Nunca lo hubiera podido escribir sin antes vivir en Cuba. Hemingway opinaba que un escritor debía vivir lo que escribía, que todo lo demás era impostado, poco creíble, desafortunado, literatura barata.
Recordar a Hemingway hoy, es, inevitablemente, pensar qué sucedería con el periodista y escritor viviendo en estos días de algoritmos dictatoriales, inteligencia artificial, globalización omnipresente. Qué sucedería con ese estilo filoso, impiadoso, de frases cortas, en el que no sobraba nunca una palabra, y que transpiraba realidad y verdad por cada uno de sus poros.
“Para escribir sobre la vida, primero debes vivirla”, es la frase que se le atribuye. La extrapolación sobre su vida en estos tiempos sería, entonces, si se sumergiría en Internet, o estaría entre los escombros de Medio Oriente, caminando por las calles desarmadas de Ucrania, o revolviendo pedazos de edificios caídos en Caracas, para después beber unos mojitos en un hotelucho de mala muerte y escribir, escribir, de pie, contra la sucia ventana de vidrios mojados por la lluvia contaminada del siglo 21.
Recordar a Hemingway el día que se voló la vida de un tremendo disparo en la soledad de un cuarto de su casa de Ketchum, se torna un ejercicio necesario para el periodismo de hoy: implica casi lo mismo que entonces, un compromiso, una forma de vida, una posición ética frente a la realidad.
Recordar a Hemingway es concluir que lo importante no es la tecnología, sino el humano que la maneja.