La noticia recorrió redes sociales y grupos de WhatsApp en cuestión de minutos. Jorge Messi, padre de Lionel Messi, había muerto. Al menos eso afirmaban algunas voces que difundieron la información sin mayores precisiones ni confirmaciones oficiales. Horas después quedó en evidencia que la noticia era falsa.
El episodio, lejos de ser una simple anécdota, vuelve a exponer uno de los principales problemas del ecosistema mediático contemporáneo: la velocidad se ha convertido en un valor superior a la verificación.
Durante décadas, el periodismo se sostuvo sobre una premisa elemental. Antes de publicar una información había que corroborarla. Confirmar fuentes. Contrastar versiones. Consultar documentos. Esperar si era necesario. No porque los periodistas fueran infalibles, sino porque comprendían que el daño provocado por una información incorrecta podía ser mucho mayor que el beneficio de llegar primero.
Hoy la lógica parece haberse invertido.
Las redes sociales, los portales digitales, los programas de streaming y la competencia feroz por captar audiencias empujan a muchos comunicadores a una carrera permanente por ser los primeros. Lo importante ya no parece ser tener razón, sino llegar antes.
La consecuencia es visible todos los días. Rumores convertidos en noticias. Versiones que circulan sin contexto. Información sensible difundida sin la más mínima comprobación. Y cuando finalmente aparece la desmentida, el daño ya está hecho. Porque las rectificaciones nunca tienen el mismo alcance que el error original.
Cuando se informa erróneamente sobre la muerte de una persona, no se trata solamente de una equivocación periodística. Hay una dimensión humana que muchas veces desaparece detrás de la lógica del impacto inmediato.
En el caso de Jorge Messi, padre de Lionel, la situación involucraba a una figura pública con enorme repercusión internacional. El problema es que estos episodios ya no sorprenden.
Vivimos en una época donde cualquiera puede comunicar, transmitir o publicar. Y eso tiene aspectos extraordinarios porque democratiza la circulación de la información. Pero también plantea nuevos desafíos. La posibilidad de informar no elimina la responsabilidad de hacerlo correctamente.
Vivimos en una época donde cualquiera puede comunicar, transmitir o publicar. Y eso tiene aspectos extraordinarios porque democratiza la circulación de la información. Pero también plantea nuevos desafíos. La posibilidad de informar no elimina la responsabilidad de hacerlo correctamente.
El periodismo profesional no debería definirse por quién tiene un micrófono, una cuenta en redes o una cámara encendida. Debería diferenciarse por algo mucho más importante: los métodos. Verificar, confirmar, dudar, contrastar. Acaso, verbos poco atractivos para los algoritmos porque requieren tiempo. Pero son imprescindibles para construir credibilidad.
La confianza sigue siendo el principal capital de cualquier medio de comunicación.
El periodismo profesional no debería definirse por quién tiene un micrófono, una cuenta en redes o una cámara encendida. Debería diferenciarse por algo mucho más importante: los métodos. Verificar, confirmar, dudar, contrastar.
Quizás el verdadero debate no sea quién difundió la información equivocada. Los errores existen y seguirán existiendo. La pregunta más importante es otra: ¿qué estamos premiando como sociedad? Si celebramos únicamente la velocidad, tendremos cada vez más noticias falsas. Si valoramos la rigurosidad, la responsabilidad y el chequeo, seguiremos teniendo periodismo.
Llegar con la verdad es lo que construye credibilidad para siempre.