Entrampado peligrosamente en Medio Oriente, impotente para frenar la guerra eterna entre Rusia y Ucrania, limitado judicialmente para avanzar en su guerra comercial vía aranceles y sin aliados en Europa, las únicas buenas noticias que recibe Donald Trump vienen desde América Latina. Parece poco teniendo en cuenta los desafíos globales que enfrenta Estados Unidos: lo es, pero quizás no tanto. Veamos por qué.
En diciembre de 2025, Trump dejó claro en su estrategia de Seguridad Nacional que América Latina volvía a transformarse en un objetivo central de la política exterior de Estados Unidos, con China, el petróleo y el narcotráfico como los asuntos prioritarios que dominan la agenda de su administración en la región. Pocos días después, en una operación militar sin precedentes, capturó a Nicolás Maduro y tomó el control del régimen chavista. Pero bastante antes de todo eso, apenas volvió a la Casa Blanca, Trump ya había dejado claro cuál era su gran preocupación en la región: China.
Panamá, la primera advertencia
En la que fue su primera visita oficial, apenas 15 días después de asumir, Marco Rubio le advirtió a Panamá que Estados Unidos "tomaría las medidas necesarias" si no reducía de forma inmediata la influencia china sobre el Canal. Se lo dijo en la cara al presidente panameño, José Raúl Mulino: para Trump, con el ingreso de China en la administración del canal, Panamá había violado los términos del tratado que le devolvió el canal en 1999.
A la administración Trump le alcanzó solo con las palabras y los gestos para imponer su realidad, aunque Panamá sigue sosteniendo que el statu quo sobre el canal nunca estuvo en peligro real. El contraste con Medio Oriente y Ormuz, aunque pueda parecer un poco forzado, es revelador: ni las amenazas más extravagantes —como la de destruir toda una civilización— ni la presencia y los ataques de la mayor potencia militar del mundo durante 40 días lograron doblegar a los iraníes; al contrario, parecen haberlos envalentonado para seguir desafiando a Washington y poniendo en jaque a la economía global.
Venezuela, el gran trofeo
Venezuela, hasta enero socio clave de China en la región, vino poco después. Primero, con el inédito despliegue naval en el Caribe que tuvo como protagonista central al portaaviones Gerald Ford, el mayor de la flota estadounidense; luego, con los ataques a lanchas que supuestamente transportaban droga y que dejaron varios muertos; y, por último, con la operación del 3 de enero, que sacó de donde dormían a Maduro y a su esposa. El petróleo venezolano quedó bajo estricta administración de Trump, que se jactaba de eso mientras dejaba la transición democrática para otro momento.
Los terremotos que sacudieron Venezuela hace poco más de dos semanas, y que generaron muerte y destrucción sobre un escenario social ya desolador, ponen a prueba el tutelaje de Estados Unidos sobre el gobierno de Delcy Rodríguez. Washington deberá poner recursos para que la reconstrucción se empiece a sentir más temprano que tarde, antes de que el descontento popular se multiplique y transforme las calles del país en un caos. Es justamente lo que Trump buscó evitar cuando decidió sostener en parte al régimen: que el aparato represivo se aplacara, pero no desapareciera, para garantizar el orden y evitar que la anarquía se expanda por la región y arruine sus planes.
Cuba, al borde
El éxito en Venezuela dejó a Cuba, totalmente desprotegida en el plano económico. Lo poco que le aportaban el petróleo y la ayuda de Maduro se transformó en nada, y la presión de Trump se volvió asfixiante. La isla atraviesa la crisis más grande de su historia, y sabe que más temprano que tarde Marco Rubio terminará de convencer a Trump de que es hora de terminar con el régimen cubano. La pregunta es cómo lograrlo si la asfixia económica no alcanza para derribar al régimen y generar el caos social que busca Washington. Resulta difícil replicar la estrategia usada en Venezuela porque, a diferencia del chavismo, el régimen cubano no presenta fisuras. Y la vía militar sería demasiado arriesgada.
México y la cooperación antinarco
La cooperación de inteligencia en la operación en la que el ejército mexicano eliminó al líder narco Nemesio Oseguera Cervantes, alias "El Mencho", también muestra cómo Trump logró imponer su agenda a Claudia Sheinbaum, una líder de izquierda que siempre fue reticente —como casi toda la izquierda regional— a este tipo de operativos contra el narcotráfico. Si bien el pragmatismo siempre termina prevaleciendo en los presidentes mexicanos a la hora de relacionarse con Estados Unidos, se trató de otro éxito de la política de Trump hacia la región.
El mapa electoral que lo favorece
Esos planes, si se tienen en cuenta los resultados electorales, están saliendo a la perfección. Llama la atención cómo todos los candidatos que Trump respaldó, de un modo u otro, terminaron ganando las últimas elecciones. Todos representan un corrimiento desde la derecha hacia los extremos: Rodrigo Paz en Bolivia, que puso fin a 20 años de socialismo conducido por Evo Morales; Keiko Fujimori en Perú, en su cuarto intento; el hondureño Nasry Asfura; José Antonio Kast en Chile; y Abelardo de la Espriella en Colombia, que cortó el proyecto de izquierda que Petro había iniciado apenas cuatro años antes. A esa lista hay que sumar a Daniel Noboa en Ecuador y al triunfo, a fines del año pasado, de Laura Fernández en Costa Rica.
En América Latina, a Trump le sobran los aliados que ya no tiene en Europa. Esta semana terminó de romperse el último vínculo fuerte que le quedaba en el continente, después de que Viktor Orban dejara el poder en Hungría: Trump se burló de Giorgia Meloni, a quien no le perdona habérsele plantado por la guerra en Irán y por el maltrato hacia el Papa.
Este nuevo e inédito mapa político regional le permite a la administración Trump avanzar en su intento de contrarrestar la presencia china en América Latina, que no deja de crecer desde principios de siglo. El control del petróleo y los recursos naturales —y la posibilidad de decidir a quién se le vende y a quién no— es clave en ese plan, así como también imponer su doctrina de seguridad con el narcotráfico como prioridad.
Milei y la apuesta por el liderazgo regional
América Latina se transformó en el lugar donde Trump puede mostrar que sus objetivos de política exterior se cumplen. Los líderes regionales se sienten cómodos y ven que su alineamiento, casi sin matices, puede darle frutos. Javier Milei, que sabe de qué se trata eso, ahora busca aparecer como el líder natural de este club que hoy domina la región. En los próximos días inicia una gira que no había hecho desde que asumió, mostrando un interés en la región que hasta ahora se le desconocía. Visitará Colombia y Perú para las asunciones de De la Espriella y de Keiko Fujimori, e irá a ver a Noboa en Ecuador.
Después jugará una carta provocadora: viajará a Brasil para apoyar a Flávio Bolsonaro en su lanzamiento como candidato presidencial y para visitar a su padre, Jair, preso por intentar un golpe de Estado tras perder las elecciones. Lula observa estos movimientos sabiendo que buscan, más que ninguna otra cosa, verlo derrotado en octubre, para que Trump pueda mostrar definitivamente en América Latina lo que cada vez le queda más lejos —casi inalcanzable— en el resto de su política exterior.