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El descontento sacude América Latina: una región que perdió la paciencia

Perú elige a su noveno presidente en diez años y confirma lo que ya saben Colombia, Chile y Bolivia: en América Latina el descontento alcanza para ganar elecciones, pero no para gobernar.

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Perú elige entre la Roberto Sánchez de Izquierda y Keiko Fujimori, de centro derecha
Sorpresivamente el "outsider" Abelardo de la Espriella salió primero en la primera vuelta electoral en Colombia
Kast en Chile tiene un complicado inicio de mandato.
Rodrigo Paz no puede controlar la calle en Bolivia.
Lula y Flavio Bolsonaro protagonizarán en octibre unas elecciones clave para Brasil y para toda la región.

Las elecciones en Perú, que se definirán en un balotaje que promete ser muy ajustado, funcionan como espejo de la realidad que atraviesa una América Latina sumergida desde hace años en una transición que no termina de completarse. Por un lado, quienes reivindican a los gobiernos de centroizquierda, que a principios de siglo lograron crecimiento económico y sacaron a millones de personas de la pobreza, pero que muestran impotencia, tanto discursiva como programática, para volver a ganar elecciones o gobernar. Por otro, los liderazgos de derecha —más o menos extremos— que, en su gran mayoría, llegan o disputan el poder por saber leer y expresar el descontento social de millones de personas frente al estancamiento económico, la corrupción y, sobre todo, la inseguridad.

La agenda doméstica que domina a los países de la región parece hacer imposible tanto el regreso de la izquierda al poder como la estabilidad de los gobiernos de derecha, muchos de ellos extremos y liderados por outsiders de la política, que demuestran ser mucho más eficaces para construir un discurso electoral convincente que para gobernar.

Perú: el símbolo más crudo

En Perú se enfrentan dos símbolos de esta coyuntura. Por un lado, Keiko Fujimori intenta por cuarta vez capitalizar el legado de su padre, el expresidente que quebró el Estado de derecho al cerrar el Parlamento y que terminó envuelto en gravísimos casos de corrupción. Por el otro, Roberto Sánchez, quien llegó a esta segunda vuelta reivindicando a Pedro Castillo, un expresidente que, además de homofóbico, es también un golpista destituido hace apenas cuatro años.

La inestabilidad política peruana ya es un caso de estudio: el domingo se elegirá al que se convertirá en el noveno presidente en diez años, cuatro de los cuales están presos. Todo esto en medio de una estabilidad económica que hace crecer el PBI pero que no logra revertir los altos índices de informalidad, pobreza y desigualdad.

En un país donde, como en buena parte del mundo, los partidos tradicionales se fueron desmoronando durante las últimas décadas, Keiko busca ganar garantizando lo que prometen los candidatos pro mercado: inversiones, seguridad jurídica y seguridad ciudadana. Sánchez apuesta por cambios profundos —reforma constitucional mediante—, reivindicando las políticas progresistas que en algún momento se impusieron en la región, y se apoya en el antifujimorismo y en los sectores más pobres, que recuerdan bien las violaciones de derechos humanos y la corrupción que dejó el padre de su rival.

Colombia: la polarización que se profundiza

Colombia reafirma la misma tendencia. Gustavo Petro deja el gobierno con un nada despreciable 50 por ciento de apoyo y con indicadores sociales en mejora, pero no pudo contrarrestar el discurso de Ábelardo de la Espriella, un outsider que sorprendió al ganar la primera vuelta combinando propuestas extremas en materia de seguridad —al estilo Bukele— con una retórica violenta y de confrontación sistemática, sobre todo hacia las mujeres. La polarización colombiana se profundiza como nunca.

El fenómeno no es exclusivo de Colombia. La sensación extendida es la misma en toda la región: la gente busca, cada vez con menos paciencia, que alguien la saque del estancamiento y del empobrecimiento luego de más de una década sin crecimiento real. A la hora de votar pesa más la decepción con los gobiernos de turno que la identidad ideológica. Los outsiders de derecha muestran recursos discursivos más efectivos frente a la falta de audacia y de propuestas atractivas de una izquierda que sigue sin encontrar respuestas contundentes en materia de seguridad y lucha contra la corrupción.

Chile: el péndulo en tiempo real

José Antonio Kast atraviesa sus primeros meses de gobierno en medio de la convulsión. Llegó al poder como outsider de derecha para reemplazar el fracaso de Gabriel Boric —otro outsider, esta vez de izquierda— que rompió el sistema político en 2021 pero se atascó en la gestión y no pudo imponer las reformas sociales que prometía. Ahora Kast enfrenta una crisis política sin poder afianzar su gobierno, con protestas de docentes, estudiantes y sindicatos que rechazan el ajuste que él mismo había prometido y comenzó a aplicar. El péndulo chileno ilustra con precisión el problema de fondo: en la región, las estrategias discursivas y las buenas campañas electorales solo sirven para ganar elecciones; las promesas, en cambio, deben cumplirse, y rápido.

Bolivia: el derrumbe del ciclo progresista

Bolivia refleja con total claridad el agotamiento de la izquierda regional y su incapacidad para generar nuevos liderazgos con propuestas atractivas y sobre todo superadoras. Evo Morales, que a principios de siglo fue protagonista de una de las transformaciones sociales más impactantes de América Latina, se convirtió luego en artífice de la autodestrucción de su propio espacio político y profundizó el declive de la economía boliviana. El fallido gobierno de su ex socio Luis Arce marcó el fin de un ciclo progresista que duró casi veinte años y allanó el regreso de la derecha al poder. Rodrigo Paz intenta ahora superar una crisis social que es también producto de la impaciencia de una sociedad que soporta el ajuste sin ver todavía los frutos de las políticas pro mercado ni las inversiones que deberían mejorar la vida cotidiana de la mayoría.

Brasil: Lula en la cuerda floja

El desafío de Lula es análogo. Para ganar un nuevo mandato necesita que la agenda de seguridad —que el bolsonarismo viene intentando instalar como eje del debate, al menos desde aquella operación policial y militar en Río de Janeiro— no opaque los números de una economía que se mantiene pero que ya no es el diferencial decisivo que fue en sus primeros mandatos. En octubre jugará su carta. La pregunta es si el voto castigo llegará antes de que los logros económicos consoliden su base.

El dilema estructural

Mientras tanto, Estados Unidos hace con la región lo que escribió que iba a hacer. La estrategia de seguridad nacional presentada en diciembre del año pasado lo dejó en claro: América Latina vuelve a ser prioridad o, lo que es lo mismo, Estados Unidos quiere que a cambio de apoyo financiero y político, la región se desenganche de China, que en las últimas décadas viene ampliando su influencia económica y financiera en la región. Venezuela sabe de qué se tratan las amenazas de Trump. Cuba lo está viviendo ahora. La crisis en Irán desvió momentáneamente la atención, pero la presión sobre el Caribe y América Latina no muestra señales de distensión.

Si Keiko Fujimori gana en Perú y de la Espriella se impone en Colombia, la región quedará definitivamente pintada de gobiernos de derecha —con Milei en Argentina, Noboa en Ecuador, Bukele en El Salvador y Kast en Chile como telón de fondo. Lula, por lo menos hasta fin de año, será el último contrapeso.

América Latina oscila entre una derecha pro mercado que llega al poder pero no logra hacer pie, y una izquierda anquilosada que carece de renovación de dirigentes, ofrece políticas sociales que se quedan a mitad de camino y no puede reconducir la renta hacia el desarrollo como lo hizo a principios de siglo. La deslegitimación de la política tradicional —fenómeno global con fuerte impacto en el continente— alimenta ese círculo: destruye a la derecha tradicional, erosiona a la izquierda gobernante, y en el espacio que queda crecen los outsiders, que son mejores para capitalizar el descontento que para transformar las condiciones que lo generan.
 

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