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Venezuela: una catástrofe que se convierte en prueba política para Trump y Delcy Rodríguez

El terremoto convierte a Delcy Rodríguez en el rostro de una gestión que parece imposible: reconstruir un país devastado con Trump como único aliado real.

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El terremoto une el futuro político de Delcy Rodríguez y el destino de la estrategia de Trump en la región
El terremoto expone como nunca la crisis económica, sanitaria y social de Venezuela
Se registran hasta ahora mas de 1400 muertos por los dos terremotos
La ayuda internacional sigue llegando desde mas de 15 países
Marco Rubio gestiona la estrategia de Trump en Venezuela y en América Latina
Delcy Rodríguez debe gestionar una crisis humanitaria inédita

El terremoto que generó una tragedia de enormes consecuencias humanitarias en Venezuela marcará definitivamente el destino del gobierno de Delcy Rodríguez y de lo que queda del chavismo, y se transformará, más temprano que tarde, en un test geopolítico de primer orden para Donald Trump.

La catástrofe exige una respuesta inmediata de quien gobierna Venezuela, pero sobre todo de Washington. Trump entendió rápidamente que es el único que puede sostener a Delcy Rodríguez y ya actuó: anunció el envío de asistencia por cerca de 150 millones de dólares, movilizó barcos y aviones del Comando Sur y alivió algunas de las sanciones que mantiene contra ese país para permitir transacciones vinculadas a la emergencia. No es casualidad. Venezuela se transformó desde el 3 de enero en una pieza clave de su estrategia en América Latina, y la respuesta a la catástrofe pone a prueba el modelo de intervención que ejecutó con la captura de Maduro. Además, necesita actuar para que el plan que diseñó para Venezuela no se frustre: su apuesta por estabilizar el país primero, mejorar las condiciones de vida de su población después y avanzar hacia una transición política quedó, solo por ahora, suspendida por la emergencia.

Para Delcy Rodríguez, el terremoto es una prueba definitiva de supervivencia política. La forma en que administre la crisis puede definir si logra proyectarse como una alternativa viable de cara a cualquier proceso de transición futura. El problema es que tendrá que gestionar sobre un escenario ya desolador: un país quebrado económicamente, con infraestructura sanitaria y de emergencia precaria, una gravísima crisis social y una población que durante años vivió en zonas de alta amenaza sísmica. El régimen nunca se preparó para lo que era posible que pasara. Y pasó. 

Rodríguez juega ahora, sin embargo, con un aliado impensable meses atrás: Trump, quien también ata el destino de su estrategia intervencionista en América Latina a que esta emergencia se gestione con eficiencia. Ese vínculo la diferencia radicalmente del Chávez de 1999, quien ante la tragedia de Vargas —que dejó diez mil muertos— rechazó la ayuda de Estados Unidos. Delcy, en cambio, abrió la puerta a todos: a enemigos acérrimos como los gobiernos de Argentina, Israel y Chile que ofrecieron ayuda, y también a aliados como Rusia y China. Pragmatismo total.

Resurgir de la destrucción

Una vez atendido lo urgente —rescatar a quienes permanecen atrapados bajo los escombros y asistir a los heridos— vendrá la etapa más exigente: la reconstrucción de miles de viviendas y de una infraestructura devastada por al menos quince años de crisis económica, social y sanitaria. Se necesitará mucho dinero, pero también capacidad de gestión. El Comando Sur junto a organismos internacionales ya está planificando esa fase, y lo hará junto al gobierno que Washington decidió dejar en pie cuando se llevó a Maduro.

Enseña la historia que las tragedias marcan el destino de muchos líderes y hasta de procesos políticos enteros. Ahí reside el principal desafío de Delcy Rodríguez, quien es el rostro de un régimen cuyas falencias —infraestructura colapsada, servicios públicos inexistentes, un éxodo que dejó al país sin profesionales— quedan expuestas con brutalidad en cada imagen que llega desde las zonas afectadas. Si la gestión fracasa o la recuperación se demora, toda la furia acumulada durante años de frustración se dirigirá inevitablemente hacia ella.

Trump ante una misión inesperada

Solo Trump puede salvarla de ese destino. Washington, a través del Comando Sur, deberá liderar y ordenar la ayuda internacional e inyectar recursos suficientes para hacer viable, al menos, una recuperación mínima. En el mejor de los casos, Delcy deberá conformarse con ser una socia minoritaria de Washington. En el peor, con someterse a lo que dicte Estados Unidos. La Venezuela devastada le ofrece a Trump el escenario ideal para profundizar su presencia en el país y consolidar la narrativa que viene construyendo desde diciembre: que la prioridad del “hemisferio occidental” llegó para quedarse. Se trata de una oportunidad enorme para demostrar a todos los líderes de la región lo que es capaz de hacer si juegan con él. 

Cuando Marco Rubio prometió una transición democrática una vez estabilizada y reactivada la economía, trazó también el único camino que le queda a Rodríguez: demostrar que es la única figura dentro del régimen capaz de gestionar. El terremoto es, paradójicamente, su mayor amenaza y su única oportunidad.

 

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