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Aristarain y la libertad recuperada en la penumbra de un cine

Murió el director de "Tiempo de Revancha" y "Un lugar en el Mundo". Tenía 82 años.

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Muchos argentinos buscábamos, y a veces encontrábamos, un poco de consuelo a la terrible realidad de padecer la falta de libertad, en la penumbra de una sala de cine, en tiempos de la última dictadura nacional; y, allí, fue que alumbró con destellos de alusiones directas, inteligentes, la obra de ese maestro que nos ha dejado este domingo, Adolfo Aristarain.

Lo vivimos primero con “La Parte del León” (1978), un policial tan argentino que era imposible no vincularlo con lo que nos estaba pasando, más allá de que no había ninguna mención directa; y, después, con “Tiempo de Revancha”, en 1981, ya con menciones más abiertas a la realidad que estaba por fuera del cine, esa que teníamos que vivir como el protagonista, Federico Luppi, amordazados, a media voz, o sin voz directamente, hasta quedarnos, como en la película, sin lengua.

Aristarain fue el responsable de mostrarnos a nosotros mismos en la pantalla, algo que se logra, de verdad, enteramente, muy de vez en cuando. Él, uno de los más internacionales directores de cine de nuestros nacionales, entendió claramente cómo hacer buenas películas y contar historias, sin perder, sino al revés, destacando al máximo, nuestros genes culturales, como después, ya en democracia en Argentina, pudo explayarse más desenfadadamente en “Un Lugar en el Mundo”.

Recuerdo claramente la penumbra de la sala de un cine porteño en el que vi “Tiempo de Revancha”, me recuerdo junto a mi compañera de entonces, viendo en la pantalla lo que habíamos vivido, lo que seguíamos viviendo, y recuerdo el tremendo alivio de sentir que no estábamos solos y abandonados, que estábamos compartiendo las cosas, aunque esas cosas fueran mayormente de padecimiento.

Aristarain, tan de España y tan de Argentina, se murió a los 82 años. Hace pocos días había muerto Luis Puenzo, el director que ganó un Oscar para el país con “La Historia Oficial”; y, un poco antes, se había ido, saludando alegremente, el gran Adalberto Luis Brandoni. Es lógico, es una generación que desaparece por el simple paso del tiempo.

Pero, ¿estamos preparados para ese vacío?

 

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