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La maldita burocracia y el sentimiento que le da carnadura humana

Un burócrata se entera que va a morir. A partir de este simple hecho, se vuelca una catarata de emociones, digna de ser aprovechada.

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De vez en cuando, se encuentran (todavía) joyitas cinematográficas en los eclécticos sumarios de las plataformas de Internet: es el caso de “Vivir” (Leaving), en Netflix, un filme realizado en 2022, protagonizado por el británico Bill Nighy, una obra que celebra la brevedad para meter a todo aquel que se anima a mirarla en una experiencia maravillosa, que combina una lenta introducción a los sentimientos con la recuperación nostálgica de un formato y una manera de hacer cine que ya no es frecuente.

Un burócrata estatal (británico, aunque reconocible en cualquier burocracia del mundo, incluida la neuquina) recibe la noticia, de parte de su médico, de una muerte inminente. Este es el nudo argumental, el conflicto, que hace posible narrar una historia que fue realizada y escrita, inicialmente, por el genial japonés Akira Kurosawa (en 1952), para su película “Ikiru”, basada a su vez en la novela “La muerte de Iván Ilich”, de León Tolstói.

Tanto talento junto y previo, sirvió a los fines del director sudafricano Oliver Hermanus, para actualizar la historia conservando mágicamente su esencia. Para tal fin, contribuyó sin duda el actor Bill Nighy, quien construyó una notable máscara sensible para el atribulado burócrata que se enfrenta, de repente, a la muerte, e intenta volcar drásticamente su rutina para vivir algo con intensidad, cosa que había negado durante toda su existencia. Nighy fue nominado al Oscar a mejor actor por esta composición notable.

Los argentinos sabemos bastante de burocracia, y, especialmente, de burocracia estatal. En este filme, tal vez se pueda encontrar el consuelo de que responde a un patrón universal, ya que lo que describe magníficamente el guion del premio Nobel de literatura Kazuo Ishiguro se encarna, en la película, en la burocracia estatal (del ayuntamiento) inglesa, en los años ’50 del siglo pasado: no vaya a creer que hay tanta diferencia con la actual, y con la argentina en particular, si se separa la evolución tecnológica del molde del comportamiento de los burócratas.

Lo bueno es el resultado: una película que avanza con sencillez narrativa y estética, con formato de pantalla de “las de antes”, y que se permite escribir al final el “The End” que ya no se usa; una película que no malgasta un segundo en nada que no sea esencial al propósito de contar la historia y de comunicar el sentimiento de los personajes de la historia; en fin, una película que no necesita disparos ni sonidos estridentes ni efectos especiales, para hacernos recordar y recuperar el mejor cine.

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