La historia de La Mona Jiménez también tiene una página ligada al fútbol que pocos conocen. Mucho antes de convertirse en uno de los máximos referentes del cuarteto, Juan Carlos Jiménez Rufino soñaba con triunfar dentro de una cancha. Incluso llegó a realizar una prueba en Belgrano, club del que era hincha, aunque aquella experiencia no terminó como esperaba.
Su vínculo con la pelota había comenzado desde muy chico. Mientras vivía en el barrio Luz y Fuerza junto a sus padres, Esilda Rufino y Ricardo “El Tucumano” Jiménez, disputaba partidos con otros jóvenes y demostraba condiciones. A los 13 años, un vecino llamado don Luján lo llevó a probarse en Belgrano, pero nunca tuvo la oportunidad de mostrar su talento. “Fuimos cuatro días seguidos y nunca me probaron. Siempre probaban al hijo del secretario, al sobrino del tesorero, al amigo del tesorero”, recordó.
Después de aquella frustración, La Mona encontró una oportunidad en Club Atlético Bella Vista. Allí comenzó a jugar en las divisiones inferiores y, con apenas 15 años, se ganó un lugar como alternativa en el ataque. El puesto estaba ocupado por José Luis Saldaño, histórico futbolista que posteriormente sería campeón de la Copa Intercontinental con Boca Juniors. “Jugué hasta los 17, en la cuarta especial. Estaba en el banco, porque era el que suplantaba al Loco Saldaño”, contó.
El gran problema era que su incipiente carrera musical comenzaba a interferir con el fútbol. Por entonces, el joven artista formaba parte del Cuarteto Berna y muchas veces terminaba sus presentaciones durante la madrugada. “Volvía a mi barrio a eso de las siete u ocho de la mañana del sábado, después de toda una noche de baile”, explicó. En varias ocasiones llegaba tarde a los partidos y debía cambiarse a las apuradas antes de ingresar al campo.
El entrenador desconocía inicialmente que aquel juvenil también trabajaba como cantante, aunque las reiteradas demoras terminaron despertando sospechas. La situación llegó a un punto límite durante un encuentro ante 9 de Julio, cuando Bella Vista perdía 1-0 en Villa Páez. Saldaño sufrió una lesión y Jiménez ingresó sobre el cierre. En apenas unos minutos protagonizó una acción que pudo cambiar su destino: recibió un centro, remató y convirtió un espectacular gol para el empate.
Después del partido, Octavio Bevilacqua reveló frente al entrenador que Jiménez era cantante. La respuesta del técnico fue contundente: debía elegir entre la música y el fútbol. “Tenés que decidir qué querés en este momento: el fútbol o cantar”, le planteó. La Mona no dudó demasiado y eligió los escenarios. “Yo quiero cantar”, respondió. Desde aquel momento, nunca volvió a jugar oficialmente en Bella Vista.
La decisión adquirió todavía más peso cuando, apenas cuatro meses después, murió su padre y apareció la posibilidad de ingresar a EPEC, donde había quedado una vacante laboral. Sin embargo, el futuro artista decidió continuar con la música y cedió ese puesto a su hermano Guillermo. “Si hubiese entrado a EPEC, sería un jubilado. Hoy nadie me jubila. Me jubilaré cuando yo quiera”, aseguró años después.
El tiempo terminó demostrando que aquella elección fue determinante. La Mona Jiménez construyó una trayectoria con más de mil canciones, numerosos discos de oro y reconocimientos de platino, mientras que su amor por el fútbol jamás desapareció. Admirador de Mario Alberto Kempes e identificado históricamente con Belgrano, también compuso canciones para Talleres, Instituto y Racing. Incluso, en 2026 visitó a la Selección Argentina en Kansas City y recibió una camiseta firmada por Julián Álvarez y sus compañeros, en un nuevo capítulo de una pasión que nunca abandonó.