Los precios al consumidor en Estados Unidos registraron un incremento superior al previsto durante septiembre, impulsados de manera directa por la fuerte subida en los costos de los combustibles. Según el informe oficial difundido por el Departamento del Trabajo, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) aumentó un 0,6 % respecto a agosto, elevando la tasa interanual al 3,7 % y alcanzando su nivel más alto desde el mes de mayo. Los analistas del sector económico habían anticipado un avance más moderado, situado en el 3,6 %, por lo que el indicador encendió nuevas luces de alerta en los mercados financieros y en la política monetaria norteamericana.
El factor determinante detrás del repunte inflacionario fue el encarecimiento de la energía, cuyos valores treparon un 5,2 % en el mes impulsados por un salto del 9,1 % en el precio de la gasolina, cuyo galón —equivalente a 3,78 litros— ya supera la barrera de los cuatro dólares en promedio. Este fenómeno se vio agravado por las interrupciones en el suministro global de hidrocarburos procedentes de Medio Oriente en el marco del conflicto regional, sumado al impacto del incremento interanual del 34,2 % en los derivados del petróleo. A ello se sumó la presión de los costos subyacentes, reflejados en rubros como la vivienda y las tarifas aéreas, que trasladaron el encarecimiento logístico al consumidor final.
El sorpresivo repunte de la inflación incrementó de inmediato la presión sobre la Reserva Federal (Fed) de cara a su próxima reunión de política monetaria fijada para el 27 y 28 de octubre, donde los inversores ya evalúan la posibilidad de una nueva subida en las tasas de interés. Economistas de distintas firmas financieras advirtieron que la persistencia de las presiones sobre los precios inmobiliarios y energéticos complica el margen de maniobra del organismo emisor para lograr un aterrizaje suave de la economía, en un escenario internacional fuertemente condicionado por la volatilidad geopolítica y los acuerdos de abastecimiento de diésel.