El pulso por una de las arterias energéticas más codiciadas del planeta sumó este jueves un nuevo capítulo de máxima tensión. Tras los recientes dichos de Donald Trump en sus redes sociales, donde aseguró que Estados Unidos impuso un control absoluto y un "muro de acero" sobre el estrecho de Ormuz, la respuesta de Teherán no se hizo esperar. Desde la televisión estatal iraní, el jefe de las fuerzas paramilitares Basij, Hossein Taeb, desestimó tajantemente las afirmaciones de Washington y garantizó que la navegación y la custodia de la vía marítima continúan bajo el control soberano e ininterrumpido de la República Islámica.
Lejos de limitar la disputa a lo discursivo, la cúpula iraní elevó la apuesta en el plano normativo y militar. El parlamentario Behnam Saeedi, integrante de la Comisión de Seguridad Nacional, confirmó que el paso estratégico permanecerá categóricamente cerrado para embarcaciones con bandera estadounidense e israelí, tanto en tiempos de paz como de conflicto. A esta restricción se suma la intención del gobierno persa de instaurar un sistema de peajes en la zona, una medida que busca institucionalizar su presencia física en el canal y desafiar abiertamente la presencia de las flotas occidentales que patrullan las aguas del Golfo.
El choque de posturas deja al descubierto una grieta diplomática cada vez más profunda y riesgosa. El canciller iraní, Abbas Araghchi, advirtió a través de sus canales oficiales que la administración norteamericana incurre en un grave "error de cálculo" producto de fallas sistemáticas de inteligencia, comparando la situación actual con intervenciones pasadas. En una jornada donde las acusaciones cruzadas alcanzaron su punto más alto, el estrecho de Ormuz vuelve a consolidarse como el epicentro de un frágil juego de dominación estratégica donde ningún bando parece dispuesto a ceder el timón.