Guillermo Divito fue al hipódromo con un amigo. El amigo apostó y perdió todo lo que tenía en la billetera. Le pidió plata a Divito, ganó, y siguió jugando. Nunca le devolvió lo que le había prestado. Era 1945, era Argentina, y así –dicen- nació la idea de hacer “el otro yo del Dr. Merengue”.
Divito hizo ese mismo año la revista Rico Tipo, y el personaje tuvo allí un protagonismo que ahora, tantos años después, es absolutamente sugerente. Divito, inteligente, perspicaz, nos mostró una de las características, la doble faz, del ser nacional, que se iba acuñando trabajosamente, y que ese mismo año daría origen al fenómeno político-social más argentino de todos: el peronismo.
El Dr. Merengue es ciento por ciento nacional. El personaje observa a una señorita, y mientras alaba sus bellos ojos porque trasuntan la hermosura de su alma, piensa en el espléndido culo que carga la mina. Dice una cosa y piensa otra. La universalidad del comportamiento no puede ocultar lo oportuno de la singularización.
A diferencia del doctor Jekyll y su otra cara, Mr. Hyde, creados magistralmente por Robert Luis Stevenson, el Dr. Merengue no es siniestro, sino pícaro. Lo suyo no es el drama, sino la comedia. He aquí lo relevante de la diferencia, la traducción argentina de la doble personalidad y sus efectos.
No debe sorprendernos que el Dr. Merengue transite por estos días las calles argentinas, porque la política nacional no deja de ser tan merengue como lo fue en otros tiempos. Hay que escuchar menos lo que se dice, y observar atentamente lo que se piensa, que generalmente después se traduce en lo que se hace (o no).
Podrá entenderse así la impresionante ubicuidad de los sellos políticos, capaces de estar al mismo tiempo en los polos de la gran confrontación nacional; y la extensión casi infinita del todavía llamado peronismo, que va desde Perón y Evita hasta el pequeño gobernador de la provincia de Buenos Aires, y precandidato presidencial, Axel Kicillof; o la dualidad ambivalente de las relaciones entre el PRO y La Libertad Avanza, esa impresionante contienda salpicada de heridos exagerados y exiliados sumidos en la heroicidad falsificada.
En fin. Por algo Divito imaginó a Merengue en el ’45. La casualidad, en este universo tramposo a la medida del Truco, no existe: es una simulación más, otra puesta en escena.