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El palito de abollar ideologías sigue tristemente vigente

Han pasado 60 años y la Universidad argentina todavía no ha logrado recuperar el nivel de excelencia interrumpido por un gesto bárbaro de represión.

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El decano de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Rolando García, enfrenta al oficial a cargo. Le dice “yo soy la autoridad aquí, soy el decano”. El oficial lo mira brevemente, y le asesta un violento golpe en la cabeza, con su bastón de asalto.

Era la noche del viernes 29 de julio de 1966. Las tropas de Infantería, comandadas por el comisario Alberto Villar, siguiendo instrucciones del jefe de la Policía Federal general Mario Fonseca, habían tomado y desalojado violentamente distintas sedes de la UBA, que, para el gobierno de Juan Carlos Onganía, era una cueva llena de marxistas.

Además de la violenta represión en Exactas, hubo también hechos graves en las Facultades de Filosofía y Letras, Ingeniería, Medicina y Arquitectura. La registrada en Exactas fue la más feroz. No fue casualidad: Ciencias Exactas, era entonces el paradigma de las políticas progresistas que se impulsaron en esos años en los claustros nacionales.

Antes de la medianoche la represión había detenido a más de 400 personas, entre estudiantes, profesores, investigadores, autoridades académicas. En ese momento no hubo plena conciencia de lo que significó el ataque a la Universidad desde el gobierno militar. Al poco tiempo se dimensionó el nivel de alcance de la barbarie: la Universidad argentina no volvió, nunca, a ser la misma.

No solo se cortó a golpes brutales un proceso que había marcado una notable evolución progresista desde la ciencia y la investigación; también se abrió un éxodo de los más brillantes académicos y científicos argentinos.

Se fue Manuel Sadosky, quién instaló en la UBA la primera computadora que conoció el país; el epistemólogo, físico y meteorólogo Rolando García (el decano golpeado del principio de esta nota), que en el exilio desarrolló junto a Jean Piaget la epistemología genética; el historiador y sociólogo Sergio Bagú, pionero de la teoría de la dependencia; la astrónoma Catherine Gattegno; el historiador Tulio Halperín Donghi; el epistemólogo Gregorio Klimosvsky; el geólogo Amílcar Herrera; la física atómica Mariana Weissmann.

Todos fueron expulsados por la patética concepción de que la Universidad solo servía para acunar subversivos, apátridas, comunistas, judíos. Aquel 29 de julio de 1966, y los bastones identificados entonces, magistralmente, por la Mafalda de Quino como “el palito de abollar ideologías”, quebró el proceso, cortó al medio la naturaleza del conocimiento en Argentina; la Universidad, después de aquella noche, fue cayendo, agobiada por las persecuciones y los presupuestos menguantes.

Todavía, 60 años después, no ha logrado empardar el nivel de excelencia que entonces tuvo. Todavía, en este 2026, se discute y debate si cabe la autonomía plena o no; si hay adoctrinamiento ideológico o no; si debe arancelarse o no… todavía, 60 años después, hay gente -incluso desde los gobiernos- que entiende a la Universidad como un reducto de zurdos peligrosos.

Todavía no hay cabal consciencia, en la sociedad argentina, de la importancia del conocimiento para el progreso real de la Patria.

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