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Viernes 20 de Marzo, Neuquén, Argentina
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“No pude hacer más que hablarle”: el testimonio del camionero que intentó ayudar al cipoleño muerto

Un camionero fue el primero en llegar al lugar del siniestro en el que murió un hombre de Cipolletti. En medio de la lluvia y la madrugada, frenó, volvió en reversa y trató de asistirlo. Este es el relato de un gesto silencioso en medio de la tragedia. 

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En medio de la lluvia y la noche, frenó para ayudar: la historia del primer testigo del siniestro en el que murió un hombre de Cipolletti.

Un camionero fue el primero en llegar al lugar del siniestro en el que murió un hombre de Cipolletti en la madrugada de este viernes en el límite entre las provincias de San Luis y La Pampa. En medio de la lluvia y la madrugada, el camionero frenó, volvió en reversa y trató de asistirlo. Este es el relato de un gesto silencioso, contado desde la “parte humana” para Mejor Informado.

El hombre murió tras un violento choque en la Ruta Provincial 55, justo en el límite entre ambas provincias. La camioneta Toyota Hilux SW4 que conducía se incrustó de lleno contra el arco de cemento que marca la división interprovincial. Pese a los esfuerzos de bomberos y médicos, el fallecimiento fue inmediato.

En la madrugada, cuando la ruta parece suspendida en un silencio espeso y la lluvia golpea sin pausa, un camionero vio algo que no encajaba: una camioneta detenida, cruzada, fuera de lugar. Venía a velocidad de viaje, con la carga y el cansancio a cuestas. Frenar no fue inmediato. Ningún camión lo es. Siguió unos metros. Cien, calcula. Entonces decidió volver.

Puso marcha atrás en plena ruta, en la oscuridad, hasta llegar otra vez a ese punto. No estaba solo: otro chofer también había advertido la escena. Entre los dos, sin conocerse, hicieron lo que tantas veces se repite en las rutas pero pocas se cuenta: parar y ver en qué se puede ayudar.

El camionero fue quien avisó a emergencias del choque fatal.

“Yo vi la camioneta y paré. No es fácil frenar un camión. Volvimos marcha atrás como cien metros”, recordó en diálogo con este medio, estremecido aún con el paso de las horas.

El camionero puso marcha atrás en plena ruta, en la oscuridad, hasta llegar otra vez a ese punto. No estaba solo: otro chofer también había advertido la escena. Entre los dos, sin conocerse, hicieron lo que tantas veces se repite en las rutas pero pocas se cuenta: parar y ver en qué se puede ayudar.

La noche era hostil. Llovía, había viento y la visibilidad no ayudaba. Aun así, se acercó. Lo primero que buscó fue una señal de vida. La encontró.

“Lo vi dentro del auto”, dice. No dudó. Tomó una barreta y rompió el vidrio trasero. No para rescatarlo —sabía que no debía moverlo— sino para intentar algo más simple y urgente: hablarle.

Le habló como se le habla a alguien que no responde, pero que podría estar escuchando. Le dijo que se quedara tranquilo. Que ya habían pedido ayuda. Que no estaba solo.

“Busqué hablarle, a ver si me respondía. Estaba inconsciente, pero yo le hablaba igual”, contó.

“Lo vi dentro del auto”, dice. No dudó. Tomó una barreta y rompió el vidrio trasero. No para rescatarlo —sabía que no debía moverlo— sino para intentar algo más simple y urgente: hablarle.

El gesto, mínimo y enorme a la vez, se sostuvo en el tiempo. No fueron segundos. Ni minutos. Fue una espera larga, de esas que se estiran más en la intemperie. Una hora, quizás más. Entre llamados con poca señal, intentos de ubicar asistencia y miradas que vuelven siempre al mismo punto: el interior del vehículo.

El camionero no se fue. Se quedó iluminando, acompañando, insistiendo con la voz como único puente posible. En medio del ruido de la lluvia y el metal, eligió hacer lo único que estaba a su alcance. “No pude hacer más que hablarle”, resumió.

Después siguió viaje. Como hacen los que viven en la ruta: con lo puesto, con lo vivido encima. Durmió poco. Pensó mucho.

A la mañana, necesitó saber. Llamó por teléfono a la comisaría. Del otro lado le confirmaron lo que ya temía: el hombre había muerto durante el traslado.

La noticia no le cambió lo que hizo. Tampoco lo que piensa. “Lo hice por la parte humana”, dijo.

Y en esa frase, sin estridencias, se ordena todo: la decisión de frenar, el riesgo de volver en reversa, el vidrio roto, la voz insistente en la noche, la espera.

Un gesto anónimo en una ruta vacía. Una presencia cuando más hacía falta.

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