Es posible que te acompañen, hasta llegar a las puertas del cementerio; pero nadie querrá compartir la tumba contigo, dice, palabras más, palabras menos, un dicho muy utilizado en la política argentina, generosa en metáforas acerca de sus prácticas, superadoras de Maquiavelo y sus enseñanzas; el caso de Manuel Adorni, remite a esta circunstancia, pues, en realidad, da la sensación de que todos, en el gobierno, están esperando un final de historia, y lo miran a Javier Milei, el presidente, con el rabillo del ojo, esperando la señal.
Adorni, que nunca tuvo una gran imagen, ahora desespera a los seguidores de encuestas, pues la percepción negativa del funcionario, antes periodista, ha trepado más allá de 70 por ciento; al tiempo que, en paralelo, las muestras que se hacen por la gestión de gobierno y las que exploran comportamiento electoral para el año próximo, desesperan más aún, pues Milei baja, mientras Kicillof sube.
Así las cosas, todos se hacen la pregunta, dentro y fuera de la casta: ¿Hasta dónde llegará el aguante?
Allá por 2007, en Neuquén, se vivió un caso que ilustra sobre la relatividad extrema que tiene el concepto lealtad en el impiadoso ejercicio de la política.
El gobernador neuquino de entonces, Jorge Sobisch, estaba jugado en una carrera presidencial improbable, pero todavía expectante; y avanzaba en una sociedad, que todavía era posible, con Mauricio Macri. El plan era que Macri no solo respaldara la candidatura presidencial de Sobisch, sino que fuera su compañero de fórmula.
Llegó abril de ese año, y ocurrió la movilización docente, el corte de rutas, la orden de desalojo, y la muerte de Carlos Fuentealba. El crimen tuvo una repercusión tremenda, en Neuquén, por supuesto, pero también en el país, y, específicamente, en Buenos Aires.
En medio del tembladeral de esos días, Macri se comunicó con Sobisch. No fue para expresarle su apoyo, sino todo lo contrario: le dijo que lo mejor era que retirara la candidatura; que el efecto Fuentealba sería lapidario, y quitaba cualquier chance de sumar los votos que se pretendía sumar. Por supuesto, la posibilidad de fórmula compartida se desvaneció en ese aire lleno de humo de cubiertas incendiadas y clamores de protesta contra el mandatario neuquino.
Sobisch consultó, solo con íntimos. A todos les dijo lo mismo: no me bajo. No es mi estilo huirle a la pelea.
El neuquino fue a las elecciones acompañado por Jorge Asís, el periodista y escritor. Como se sabe, la fórmula tuvo un desempeño paupérrimo. Obtuvo 1,40 por ciento de los votos; un total de 284.161 sufragios en el país, compitiendo con el sello Movimiento de las Provincias Unidas. Las elecciones las ganó Cristina Fernández de Kirchner, acompañada por el radical Julio Cobos: recibió más de 8,6 millones de votos, 45,29 por ciento del total de sufragios válidos.
Macri siguió su camino por otro lado, llegó a ser presidente (en 2015), y ha demostrado, a lo largo de su carrera, que puede acompañar, pero solo hasta la puerta del cementerio. Es posible que, el año próximo, aplique la misma práctica, y si Milei sigue empeorando en las encuestas, con o sin Adorni, haga la suya, compitiendo por sí o con otros, lejos del aroma mortuorio.