La Patagonia produce buena parte de los alimentos que llegan a las góndolas del país y a los mercados más exigentes del mundo. Peras, manzanas, cerezas, cebolla, carne ovina, lana, pescado y mariscos comparten un denominador común: detrás de cada exportación existe un sistema de control sanitario que busca impedir el ingreso de plagas y enfermedades a la región.
Con ese objetivo, el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) volvió a poner el foco en la barrera zoofitosanitaria patagónica, un esquema de controles que funciona en rutas, aeropuertos y puertos y que involucra a los gobiernos provinciales, la Fundación Barrera Patagónica (FUNBAPA) y el sector privado.
El sistema alcanza a Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz, Tierra del Fuego, el sur de Buenos Aires y las Islas del Atlántico Sur. Su misión es preservar un estatus sanitario que diferencia a la Patagonia del resto del país y que le permite acceder a mercados internacionales con altos estándares de calidad.
Los números reflejan el peso de esa producción. Solo durante 2025, desde la Patagonia se certificaron exportaciones de 337.835 toneladas de peras, 91.547 toneladas de manzanas y 5.295 toneladas de cerezas. En el caso de la cebolla, la región concentra la mitad de la producción nacional y prácticamente la totalidad de las exportaciones argentinas.
La ganadería también depende de ese esquema sanitario. La Patagonia cuenta con más de 6,5 millones de ovinos, cuya producción de carne y lana tiene un fuerte perfil exportador. A eso se suma la actividad pesquera del extremo sur, con unas 380.000 toneladas certificadas de productos como langostino, calamar, merluza y centolla.
Uno de los principales activos de la región es su condición sanitaria. Desde 2002, la Patagonia es reconocida por la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) como zona libre de fiebre aftosa sin vacunación. También mantiene áreas libres de enfermedades que afectan a los salmónidos y de plagas como la mosca de los frutos y la Lobesia botrana, una condición que abre las puertas de mercados internacionales donde estos requisitos son determinantes.
Para sostener ese estatus funcionan 12 puestos fijos y tres móviles de control sobre la barrera patagónica, además de inspecciones en puertos y aeropuertos. Allí se fiscaliza el ingreso de alimentos, productos de origen animal y vegetal y otros elementos que puedan representar un riesgo sanitario para la región.
Desde el SENASA también recordaron que los viajeros cumplen un rol clave en este esquema. Por eso, antes de ingresar a la Patagonia, recomiendan informarse sobre los productos que tienen restricciones de ingreso. Un alimento transportado sin autorización puede convertirse en la puerta de entrada de una plaga o enfermedad con impacto directo sobre una de las principales economías regionales del país.