En los años 1992-93, se estaba armando la redacción del -recién puesto en la calle- diario La Mañana del Sur, en el edificio de la calle Fotheringham 445, y, desde Ámbito Financiero, en Buenos Aires, venían periodistas con mucha experiencia a trabajar con los locales: Julio Ramos lo mandaba con la instrucción de que “se pusieran a las órdenes” de los secretarios de Redacción neuquinos, y así, desfilaron grandes plumas de aquel entonces, entre ellas, la de Chiche Gelblung, legendario ya para esa época.
Muchos periodistas que hoy seguimos laburando, algunos más, otros menos, pasamos largas horas de trabajo, con Chiche, y otros como Carlos Pagni, Ignacio Zuleta, y el mismo Ramos, quien no dudaba en sentarse a una mesa de la redacción y darle duro a una máquina de escribir, pues entonces todavía no se usaban computadoras en Ámbito, y no estaba ducho en el uso del teclado y las pantallas que, en poco tiempo, se impondrían como herramienta.
Chiche y los demás se alojaban en el Hotel del Comahue, y llegaban por la mañana, bien temprano, a la Redacción. Un día, mientras bebíamos dificultosamente un espantoso café que se ponía al servicio periodístico en grandes termos, le dije a quien fuera director de la revista Gente en su mejor época, que había una posible buena nota en Fernández Oro, en una escuela que tenía problemas para dar clases normalmente.
Gelblung no dudó. Subió los 48 jóvenes años que tenía entonces, a uno de los autos que se usaban para salir a hacer notas, con el chofer y un fotógrafo, y se fue para la ignota escuela de una Fernández Oro mucho más pequeña que la actual, apenas un pueblito adosado a Cipolletti.
Al rato volvió Chiche, contento como unas pascuas. “Tenemos un notón”, me dijo. Yo, que editaba regionales entonces, la anoté para mencionarla en la reunión de Redacción donde se decidiría la edición del diario, y la distribución de las notas principales. Gelblung arremetió contra el teclado, tan entusiasta como cualquier aprendiz.
Así, entre cigarrillos (se fumaba, y mucho, en las redacciones) y café potencialmente corrosivo, estuvo la nota lista: “Una escuela tuvo que dar clases en el baño”, se tituló.
Aquel periodista, que hoy es noticia porque seguía internado, en terapia intensiva, a sus 82 años, en la clínica Mater Dei de Buenos Aires, había reporteado a presidentes, cubierto guerras impresionantes, viajado por todo el mundo.
Un buen periodista no se sube a ningún podio, a ningún altar pagano, y, ese día, nos demostró que era capaz de cubrir una pequeña historia de un pueblito patagónico, con tanto lustre como una crónica de la Guerra de los Seis Días.