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El día en que un gobernador escapó del asedio disfrazado de policía

Hace 19 años, hubo un momento de extrema peligrosidad para quien era gobernador de Neuquén.

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La noticia corrió como un casi literal reguero de pólvora: Carlos Fuentealba había muerto, internado en el hospital Castro Rendón, después de haber resultado herido durante el desalojo de la ruta, en Arroyito. El 5 de abril de 2007, una masiva movilización de protesta, con núcleo en los gremios estatales, se dirigió a la Casa de Gobierno, para exigir la renuncia de Jorge Sobisch.

El gobernador estaba en su oficina, que daba a la calle La Rioja. Había ofrecido una conferencia de prensa, durante la cual comenzó a ser evidente que llegaba una multitud, indignada, que se hacía escuchar por sobre las palabras del mandatario.

Sus colaboradores inmediatos le advirtieron que era peligroso: que convenía dejar la Casa de Gobierno, refugiarse en otro lugar, que fuera desconocido para la masa que llegaba con ánimos violentos. Sobisch no se decidía, hasta que la evidencia resultó abrumadora: miles de manifestantes comenzaron a rodear la sede oficial.

Los responsables de la custodia del gobernador fueron claros: “no podemos garantizar contener esto”, le dijeron. “Tiene que salir, gobernador”, le enfatizaron.

“Sí…pero ¿cómo?” se atrevió a deslizar uno de los presentes en la tensa reunión, mientras los gritos, los bombos, los estallidos de bombas de estruendo, pasaban a través de las paredes de la Casa de Gobierno como si fueran de papel.

Fue entonces que alguien dijo: “Vístase con el uniforme. Salimos por la calle Belgrano, usted en el medio de la columna, es la única manera”.

Sobisch terminó aceptando. La operación fue casi surrealista: un gobernador en calzoncillos, recibía las prendas de un policía que tenía, más o menos, su talla. Todo resultaba apremiante, y lo peor, era que no había seguridad absoluta: podía salir bien, o mal.

Así fue que el gobernador de Neuquén se calzó el uniforme, el casco, toda la indumentaria del cuerpo de seguridad especial de la policía. A la señal de quienes atisbaban las calles, repletas de enojados manifestantes, los policías, con Sobisch en medio de la fila, corrieron por los pasillos y salieron de golpe a la calle, al tiempo que, coordinadamente, un transporte llegó a las puertas elegidas para la huida.

Los manifestantes solo vieron un movimiento policial de los muchos que había en esos difíciles momentos. Entre piedras, gritos, gases, estallidos, la columna que llevaba al gobernador de la provincia cumplió su objetivo, y el mandatario fue sacado en vehículo de la fuerza, camuflado bajo el casco y el uniforme.

Pasaron 19 años, mucho ha cambiado Neuquén, desde aquellos días de violencia desatada, de puja cuerpo a cuerpo por distintas recetas de cómo administrar el Estado.

El reparto de culpas y responsabilidades, cada tanto se reflota: Es un enigma que la sociedad todavía no ha terminado de digerir.

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