Era un día de 2009, apacible, y el intendente Martín Farizano me había concedido una entrevista en su despacho, a agenda abierta. Me estaba esperando en el hall del entonces único edificio central de la Municipalidad, en Avenida Argentina y Roca de una ciudad de Neuquén que ya era grande y populosa, pero que, al lado de lo que hay ahora, era todavía una pequeña ciudad con aspiraciones grandilocuentes.
Vení, dijo, vamos por aquí. Se abrió una pequeña puerta de ascensor individual -yo nunca la había visto- y entramos los dos en el hueco, apretados como sardinas en lata, y así llegamos directamente al despacho, en el segundo piso. Por el breve camino ascendente, el primer tema ya había salido: el agua, el EPAS, qué hacer con esa cuestión.
Yo estaba obsesionado entonces, y lo sigo estando, con el hecho de que el servicio de agua en Neuquén, que es una responsabilidad municipal, era un servicio sin contrato de concesión. Entonces, como ahora, era un gran tema, porque el servicio tenía problemas frecuentes, por el crecimiento constante, que obligaba a sostener un uso del recurso agua muy demandante.
Farizano, que era un buen tipo, inteligente, tal vez demasiado lanzado en algunas posiciones, con una idea amplia de la democracia, me respondía y hablaba de la cuestión agua como si estuviéramos hablando de filosofía profunda. Como era una charla sin grabador de por medio, solo anotaciones en una libretita que entonces llevaba siempre conmigo, todo era muy coloquial y distendido: hay que ver cómo, los funcionarios, se sueltan a hablar mucho más y más sinceramente si uno no le pone un micrófono o una cámara por delante.
La charla iba y venía entre redes y cloacas, ya sentados cada uno a una silla, acodados en esa mesa grande y reluciente que tenía aquel despacho con ventanas hacia la avenida, cuando el intendente soltó, muy suelto de cuerpo, una frase ciertamente contundente: Esto no es nada, me dijo, estos problemas se resuelven. Lo más difícil será cuando empiece el apocalipsis.
¿El apocalipsis? ¿A qué se refiere?, pregunté yo, que nunca me permití tutear a alguien en funciones de gobierno, no por lo menos hasta que ya tuve una edad en la que tales tipos podían ser mis hijos. Sí, el apocalipsis, repitió. Cuando empiecen a reventar los caños viejos, los del casco urbano más céntrico. Es una obra que nadie ha hecho, de renovar, y que cada vez se pone más difícil, me dijo. Yo, por lo pronto, no pienso tocar nada de esto, sostuvo con cara entre la ironía y la preocupación.
La charla siguió, tomamos café, hablamos de política (yo no soy un radical K, soy, en todo caso, un radical N, me dijo entre risas) y de su concepción de armar frentes amplios, en donde todos “los progresistas” se juntasen, más allá de cada sello partidario. Al término de la charla, me había quedado claro que por ahora no habría contrato con el EPAS, y que el centro de la ciudad estaba asentado sobre un gran problema.
Farizano cumplió su período, de 2007 a 2011, y, después, a los 58 años y cuando era candidato, se murió.
Hoy, 17 años después de aquella charla sin registro de grabación, anotada a la antigua, y reflejada en una crónica que se me ha perdido, observo las frecuentes fisuras de caños que transportan la preciada agua potable, en zonas del casco urbano más viejo de la ciudad, y me pregunto si esto empezará a ser el apocalipsis que profetizó aquel intendente, medio en broma, medio en serio.