En la Bahía de San Antonio Este, en la costa rionegrina, un grupo de científicos del CONICET está haciendo ruido, pero del bueno, con un hallazgo que puede cambiar cómo se leen los paisajes del pasado. El trabajo, liderado por el becario posdoctoral Maximiliano Rodríguez, pone el foco en las llamadas matas microbianas, unas estructuras diminutas pero clave para entender qué pasaba en la Tierra hace millones de años.
Se trata del primer estudio que describe en detalle estas formaciones en la zona, y no es un dato menor. El equipo detectó que el régimen de mareas, que en ese sector puede superar los 9 metros de diferencia, tiene un rol directo en la formación de estas estructuras. Traducido: lo que antes se atribuía a eventos extremos, ahora también puede explicarse por la dinámica cotidiana del mar.
“Una de las tareas más complejas en geología es reconstruir cómo eran los ambientes del pasado, ya que la información disponible suele ser limitada”, explicó Rodríguez. Y ahí es donde entran en juego estas matas, que funcionan como una especie de archivo natural.
El investigador no se guardó nada: “En este trabajo, por ejemplo, identificamos estructuras que anteriormente se atribuían exclusivamente a eventos extremos, como tormentas o huracanes, pero que ahora sabemos que también pueden formarse en ambientes con regímenes de mareas muy intensas”. Un giro que obliga a revisar viejas teorías.
Pero la cosa no queda solo en las rocas. Estas comunidades de microorganismos, bacterias, cianobacterias y algas microscópicas, crecen sobre el sedimento formando capas finitas, casi invisibles al ojo humano, pero con un poder enorme: estabilizan el suelo y dejan marcas que pueden durar millones de años.
“Son especialmente relevantes porque muchas de estas estructuras solo se forman en presencia de microorganismos”, detalló el geólogo. Y remató con una frase que pinta el panorama: “Funcionan como una especie de ‘firma’ o evidencia directa de que hubo vida microbiana actuando en ese ambiente”.
El estudio se hizo en un sector protegido de la bahía, donde el oleaje no pega tan fuerte. Ese “respiro” del mar genera el escenario ideal para que estas matas crezcan y dejen su huella. Para investigarlas, el equipo no se quedó solo con mirar: instalaron sensores, midieron mareas, temperaturas y corrientes, volaron drones y hasta analizaron muestras en laboratorio.
“Su presencia revela condiciones ambientales muy específicas, poco frecuentes en la mayoría de los entornos costeros”, cerró Rodríguez. Y dejó flotando una idea potente: entender cómo se forman hoy estas estructuras puede ser la clave para leer, con más precisión, las páginas más antiguas de la historia de la Tierra.