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Martes 14 de Abril, Neuquén, Argentina
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De negocio millonario a proyecto frenado: los factores que impiden el despegue del cannabis en la Patagonia

Promete dólares, empleo y una nueva matriz productiva, pero sin reglas claras el mercado no arranca y la oportunidad se enfría.

Martes, 14 de abril de 2026 a las 07:45
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El potencial está probado y el interés crece, pero sin reglas claras ni mercado definido, el cannabis sigue atrapado entre la promesa y la incertidumbre.

El cannabis y el cáñamo asoman como una de las apuestas productivas más tentadoras de la Patagonia, pero chocan contra un problema tan viejo como decisivo: sin reglas claras, no hay negocio. Aunque el potencial es enorme, el mercado todavía no despega y la expectativa empieza a transformarse en frustración.

En los papeles, todo cierra. Se habla de generación de empleo, de exportaciones en dólares y de una industria capaz de diversificar la economía regional. Incluso, el cultivo suma puntos desde lo ambiental y abre la puerta a múltiples usos, desde textiles hasta alimentos. Sin embargo, cuando llega el momento de pasar del discurso a la práctica, el escenario cambia.

Mientras algunos proyectos avanzan a paso lento y con permisos limitados, la falta de una regulación ágil y concreta termina dejando a productores e inversores en una zona gris. Pueden intentar producir, sí, pero después no tienen un mercado claro donde colocar lo que generan. Ahí es donde el entusiasmo empieza a desinflarse.

En ese contexto, la Patagonia aparece como una tierra fértil no solo en lo climático, sino también en ideas. Hay ensayos, hay iniciativas público-privadas y existe un interés real en desarrollar la actividad. Sin embargo, todo queda a mitad de camino cuando las reglas no terminan de ordenarse.

Ahora bien, no todo es tan simple como sembrar y cosechar. La técnica advierte que el manejo del cultivo requiere precisión: la densidad de siembra cambia según el destino final, no es lo mismo producir fibra que semilla, y la cosecha debe realizarse con maquinaria adaptada, algo que hoy no abunda. Ahí aparece otro cuello de botella: la infraestructura.

A esto se suma un punto clave que muchas veces se pasa por alto: el proceso industrial. El cáñamo no vale por sí solo en el campo, sino por lo que se hace después. Sin plantas de procesamiento cercanas, el negocio pierde sentido. Es decir, no alcanza con producir, hay que transformar.

En ese marco, el diagnóstico técnico es claro: el potencial está, y es real. Pero choca de frente con una estructura que todavía no está lista. De un lado, un cultivo con múltiples usos, adaptable y con demanda global. Del otro, productores que no tienen certezas sobre cómo, cuánto y a quién venderle.

En el medio, un Estado que todavía no termina de ordenar el tablero. El problema no es técnico ni productivo, sino político. La ley existe, pero su implementación avanza a un ritmo que no responde a las necesidades del sector. Mientras tanto, otros países pisan el acelerador y empiezan a consolidar mercados que Argentina todavía mira de lejos. De este modo, lo que podría ser una revolución productiva se mantiene en pausa. 

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