Reunidos alrededor de un enorme fuego, hecho con ramas, en el centro de un barrio cipoleño, varios vecinos se convocan tradicionalmente cada año para "quemar lo malo y dar la bienvenida a lo nuevo". Esta actividad se realiza como un ritual en cada inicio del solsticio de invierno, representando los nuevos comienzos con una fogata.
Este sábado por la noche, el barrio Jardines del Sol, ubicado en La Falda en Cipolletti, realizó esta actividad, invitando a que la comunidad se sume a dar inicio a una nueva etapa del año y de la vida con esta fogata de San Juan. Se trata de una propuesta que se realiza en gran parte del mundo, representando nuevos comienzos y abrazando la misticidad de la fecha.
Como una tradicón que ya quedó instalada en el barrio, dias previos al 24 de junio organizan la actividad y previamente arman muñecos de cartón y madera que luego son quemados en la fogata del solsticio, representando todo lo que se quiere dejar atrás: miedos, dolores, dudas, malos recuerdos.
La noche contó con la presencia de niños, jóvenes, familias y adultos, quienes acompañaron la fogata con anécdotas, recuerdos y reflexiones.
La importancia de la fecha
En el hemisferio sur, el solsticio de invierno marca la noche más larga y el día más corto del año, y desde tiempos ancestrales numerosos pueblos lo consideraron un momento de renacimiento, ya que a partir de entonces las horas de luz comienzan a aumentar gradualmente.
Se trata de una noche representativa tanto para la religión como para la misticidad y para aquellos que no creen pero lo consideran una buena oportunidad de hacer un balance de mitad de año y proyectarse hacia la próxima estación.
Este año, como en ocasiones anteriores, los vecinos contaron con el acompañamiento de la agrupación Baskos de la Confluencia, quienes asistieron para ser parte del ritual del barrio y también aprovecharon a compartir su cultura, ya que se acostumbra a cantar canciones junto a la fogata, compartir comida y compartir el hecho de encontrarse.
De esta forma, una vez más la fogata fue una razón para reunirse, compartir y reflexionar sobre el camino recorrido. Mientras las llamas consumen los muñecos construidos por los vecinos, también simbolizan el fin de una etapa y la esperanza de un nuevo comienzo, en una tradición que sigue encontrando sentido generación tras generación.