A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, los testimonios de las víctimas vuelven a cobrar una dimensión imprescindible. No solo para recordar, sino para sostener la memoria frente al paso del tiempo y los discursos negacionistas. En ese contexto, la voz de Dora Seguel resuena con la fuerza de lo vivido en primera persona.
“Nos dijeron que íbamos a salir locos o muertos, que nadie nos iba a creer”, recordó en diálogo con el programa Entretiempo por AM550. Sin embargo, junto a otros sobrevivientes, eligió el camino inverso: no olvidar.
Dora tenía apenas 16 años cuando fue secuestrada en junio de 1976, de la escuela secundaria en Cutral Co. Días antes, un grupo armado había irrumpido en su casa y se había llevado a su hermana Arlene Seguel, de 21 años, quien permanece desaparecida hasta hoy. “Entraron siete hombres armados. Estábamos toda la familia. Se la llevaron y nunca más supimos de ella”, relató.
El operativo y el terror en la ciudad
El secuestro de Arlene fue parte de un operativo más amplio que incluyó detenciones simultáneas en Cutral Co y Plaza Huincul. “La ciudad estaba tomada. Todo era verde, no se podía entrar ni salir”, describió.
Dos días después, Dora fue retirada de su aula en el CPEM 6. “Yo estaba en clase cuando me vinieron a buscar. Tenía 16 años”, contó. En paralelo, su otra hermana, Argentina, también fue detenida.
Las tres jóvenes quedaron atrapadas en el engranaje represivo. Dora y Argentina fueron trasladadas a la comisaría 14, luego a la cárcel de Neuquén y finalmente al centro clandestino de detención “La Escuelita” de Bahía Blanca.
A mediados de junio de 1976, por varios días, fuerzas represivas del Ejército, de la Policía de Neuquén y del Servicio Penitenciario Federal y grupos de tareas llevaron adelante en Cutral Co y Plaza Huincul una serie de detenciones, secuestros –que incluyeron torturas- y desapariciones de estudiantes y trabajadores.
Los secuestrados fueron trasladados en primer lugar a la Comisaría Cuarta de Cutral Co donde fueron torturados y luego a Neuquén, previo paso por el Comando del Cuerpo del Ejército en esta ciudad. Los casos del denominado “Operativo Cutral Co” revistieron importancia porque son los únicos en los cuales se registraron torturas en una dependencia de la Policía de la provincia. Fueron más de 60 las personas de la comarca petrolera que sufrieron en sus domicilios, en sus lugares de trabajo, el atropello y la ferocidad de las fuerzas represivas. La mayoría eran jóvenes. Catorce de ellos se encuentran al día de hoy desaparecidos.
El martes 15 de junio de 1976, Arlene Seguel, José Deolindo Méndez, Carlos Chaves y Miguel Ángel Pincheira fueron subidos a un camión de la Policía provincial y luego, trasladados a comisarías, cárceles y centros clandestinos de detención; desde entonces se encuentran desaparecidos. Días después, corrieron la misma suerte Rodolfo Luis Marinoni, Horacio Girardello, Julio Isabelino Galarza, Manuel Jesús González, Leticia Margarita Oliva, Héctor Campos, Oscar Hodola, Sireña Acuña de Hodola, Raúl Eugenio Metz y Graciela Romero de Metz, embarazada de 6 meses, que, según testigos, tuvo a su hijo en el centro clandestino de detención “La Escuelita” de Bahía Blanca, en abril de 1977.
Torturas y violencia sexual
Durante su cautiverio, Dora fue sometida a torturas físicas y psicológicas. Pero también a una de las formas más brutales de violencia: la sexual.
“Nosotras no recibimos picana, pero sí una de las torturas más perversas: escuchar la violación de un ser querido”, relató. En su caso, tuvo que oír cómo abusaban de su hermana.
Ese horror marcó su vida, pero también se convirtió en prueba clave décadas después. Dora fue una de las primeras mujeres en denunciar la violencia sexual como método sistemático de tortura durante la dictadura, logrando una condena histórica en 2021 contra sus responsables.
Dora fue sometida a torturas físicas y psicológicas. Pero también a una de las formas más brutales de violencia: la sexual. “Nosotras no recibimos picana, pero sí una de las torturas más perversas: escuchar la violación de un ser querido”, relató. En su caso, tuvo que oír cómo abusaban de su hermana.
“Hicimos el ejercicio de no olvidar”
Lejos de quebrarse, los sobrevivientes transformaron el dolor en memoria activa. “Tuvimos que hacer un ejercicio inverso a lo que recomienda la salud mental: no olvidar ningún detalle”, explicó. Cada sonido, cada voz, cada escena fue reconstruida en los juicios por delitos de lesa humanidad. “Eso permitió a los fiscales armar el entramado para condenarlos”, señaló.
Dora sabe que ese proceso no fue ni es sencillo. “Es un ejercicio que duele. Hay fechas en que el cuerpo lo siente, en que bajan las defensas”, confesó.
La liberación y el regreso
Tras una semana de cautiverio en el centro clandestino "La Escuelita" de Bahía Blanca, Dora y su hermana Argentina fueron liberadas en condiciones extremas: maniatadas, vendadas y abandonadas en una ruta cerca de Coronel Dorrego.
Sin documentos ni dinero, debieron tomar decisiones en medio del miedo. “Sabíamos que sin documentos no se podía circular y que pedir ayuda podía poner en riesgo a otros”, explicó.
Finalmente lograron llegar a una estación de servicio, desde donde iniciaron un largo camino de regreso a casa.
La búsqueda que continúa
Mientras Dora y Argentina sobrevivieron, Arlene sigue desaparecida. Su ausencia es una herida abierta que atraviesa décadas.
A medio siglo del golpe, incluso siguen apareciendo nuevas denuncias. “Hay familias que recién ahora se animan a hablar. El terror fue tan grande que muchos no denunciaron en su momento”, advirtió.
Para Dora, los juicios fueron fundamentales no solo en términos individuales, sino también colectivos. “Ya no es solo lo que decimos nosotros. Es la Justicia la que determinó lo que pasó”, remarcó.
Pero también alertó sobre el presente: “Estamos frente a un negacionismo muy fuerte. Por eso es tan importante contar lo que vivimos”.
De cara a un nuevo 24 de marzo, su mensaje es claro y contundente: “Esto no es ciencia ficción. Lo que pasó fue real. Por eso hay que estar en las calles, en las plazas, marchar y no olvidar”.
Y cerró con una consigna que atraviesa generaciones: “Que el Nunca Más sea contundente, no solo en Argentina, sino en toda Latinoamérica”.