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Lunes 23 de Marzo, Neuquén, Argentina
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“Nunca imaginé lo que se venía”: el relato de un sobreviviente de la dictadura

El testimonio de Raúl Radonich, sobreviviente de la dictadura y testigo en los juicios de lesa humanidad en Neuquén, reconstruye el horror de los centros clandestinos, la desaparición de su amigo Oscar Ragni y la vigencia de la memoria en un presente que, advierte, vuelve a ponerla en disputa.

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Raúl Radonich fue secuestrado el 13 de enero de 1977, en pleno centro de la ciudad de Neuquén.

A medio siglo del golpe de Estado que instauró la última dictadura cívico-militar en la Argentina, las voces de los sobrevivientes siguen siendo clave para comprender no solo lo que ocurrió, sino también por qué ocurrió. En Neuquén, una de esas voces es la de Raúl Radonich, quien fue secuestrado, torturado y luego testigo en los juicios por delitos de lesa humanidad que confirmaron la existencia del centro clandestino “La Escuelita”.

Su relato, crudo y preciso, reconstruye una trama que comenzó incluso antes del 24 de marzo de 1976. “Era un escenario que estaba dentro del marco nacional. No se expresaba con la misma contundencia que en los grandes centros urbanos, pero se vislumbraba que el golpe tenía una inmediatez”, recuerda en diálogo con Mejor Informado. En ese momento, Radonich tenía 21 años, estudiaba Psicología en la Universidad Nacional de La Plata y había sido incorporado al servicio militar obligatorio apenas días antes del golpe.

La imagen que conserva de ese día es elocuente: “Los suboficiales y algunos oficiales se felicitaban, se abrazaban. Sentían que estaban comprometidos en una tarea refundacional de la Argentina”.

Sin embargo, como tantos otros, no imaginó la magnitud del horror que vendría.

Radonich durante una de sus declaraciones en los juicios que condenó a los represores en Neuquén.

El secuestro y “La Escuelita”

El 13 de enero de 1977, Radonich fue secuestrado en pleno centro de Neuquén. Trabajaba en una gestoría cuando un grupo de tareas lo introdujo en un Ford Falcon, lo vendó, lo ató y lo trasladó tras un recorrido destinado a desorientarlo. El destino fue el centro clandestino de detención conocido como “La Escuelita”. “Allí permanecí seis días. Apenas llegué me dejaron esposado, vendado. Después empezó el interrogatorio con fuertes descargas eléctricas”, relata.

El método era sistemático: preguntas sobre militancia, vínculos, nombres propios. La tortura, también. “Ellos tenían fe en la tortura. Es devastadora. Machacaban la carne con rigor. Buscaban la destrucción física, psíquica y moral de la persona”.

Durante las sesiones, fue interrogado por supuestos vínculos con organizaciones políticas, por compañeros y por personas cercanas, entre ellas Oscar Ragni, su amigo de la juventud.

Las descargas eléctricas lo llevaron al límite. “Perdí mucha sangre por la boca, me había mordido la lengua”, recuerda. En un momento, uno de sus captores le dijo: “Vos elegís si querés hablar o seguimos con la máquina”. No habló. Sobrevivió.

“Nunca imaginé lo que se venía”, dijo Radonich en relación al inicio de la dictadura militar.

La liberación y el miedo persistente

Tras seis días de cautiverio, fue liberado de madrugada en la localidad de Senillosa, luego de otro recorrido en vehículo. “Me dijeron que no abriera los ojos por diez minutos. Cuando los abrí, vi una luz a lo lejos y caminé hasta encontrar la ruta”, cuenta.

Pero la persecución no terminó ahí. Meses después, fue detenido nuevamente y trasladado a la Unidad 9, en un contexto donde la ilegalidad y el encubrimiento eran parte del funcionamiento del Estado.

Su familia había denunciado su desaparición, pero luego fue presionada para retirar la presentación. “Me pidieron que levantara la denuncia y así lo hicimos”, recuerda.

 

Oscar Ragni: el amigo desaparecido

Uno de los nombres que aparece reiteradamente en su historia es el de Oscar Ragni, desaparecido el 23 de diciembre de 1976. “Éramos amigos. Jugábamos al básquet juntos, fuimos al colegio Don Bosco, vivimos juntos en La Plata”, cuenta Radonich. La relación era profunda, casi de hermandad.

Ragni estudiaba arquitectura y trabajaba como dibujante. “Era un tipo íntegro, solidario, un excelente estudiante”, lo describe.

La última vez que lo esperaba, nunca llegó. “Después su padre vino a mi casa y me dijo que lo habían ido a buscar al trabajo”, recuerda.

La imagen que se difundió en los diarios fue aportada por el propio Radonich: “Por eso tenía la camiseta de básquet”, explica.

La madre de Oscar, Inés Ragni, se convirtió luego en una de las referentes de Madres de Plaza de Mayo en la región.

A cuatro meses de la vuelta a la democracia, Radonich junto a integrantes de organismos de derechos humanos y otras víctimas de la dictadura, volvieron al predio donde funcionó "La Escuelita".

Volver a “La Escuelita”

Con la recuperación democrática, Radonich fue parte del grupo de sobrevivientes que en 1984 logró identificar el predio de “La Escuelita”, en un operativo impulsado por organismos de derechos humanos. “Fuimos siete sobrevivientes. El edificio todavía estaba. Pudimos reconocerlo fácilmente”, relata.

Ese reconocimiento fue clave para las causas judiciales que comenzaron décadas después.

 

Los juicios: memoria, verdad y reparación

A partir de 2008, Neuquén fue escenario de múltiples juicios por delitos de lesa humanidad. Radonich declaró en varios de ellos. Lejos de ser solo una instancia dolorosa, define ese proceso como “reparador”.

“Uno hace el esfuerzo de recuperar esos momentos para poder expresarlos. Y los fallos demuestran que existió el terrorismo de Estado”, sostiene.

Para él, la importancia de los juicios excede lo individual: “Fue la justicia ordinaria la que condenó a los responsables. Eso tiene un valor enorme para toda la sociedad”.

Hace unos años participó de la inspección ocular en el predio donde funcionó "La Escuelita". Parado sobre las ruinas del edificio, demolido en democracia, indicó a jueces del tribunal detalles que pudo registrar a través de la venda que tapaba sus ojos durante su secuestro.

Memoria en disputa

A 50 años del golpe, Radonich advierte que la memoria no es un terreno saldado. “La memoria es un espacio en disputa. Hoy la disputamos con un gobierno negacionista que pretende negar lo que en centenares de juicios se ha demostrado”, afirma.

En su análisis, el terrorismo de Estado tuvo un objetivo claro: disciplinar a la sociedad para imponer un modelo económico. Y encuentra paralelismos con el presente. “El endeudamiento, la desindustrialización y el ataque a los derechos laborales son elementos que se repiten”, señala, en referencia a las políticas impulsadas durante la dictadura y su proyección en la actualidad.

 

El legado de las luchas

Radonich también pone en valor el rol de los organismos de derechos humanos y figuras clave en Neuquén. “Las madres, los organismos, personas como Noemí Labrune, fueron fundamentales. Construyeron gran parte de la democracia que hoy tenemos”, afirma.

A 50 años del golpe, su testimonio no solo reconstruye el pasado: interpela el presente. Porque, como él mismo sostiene, la memoria no es solo un ejercicio de recuerdo, sino una herramienta para entender —y defender— la democracia.

 

La entrevista a Raúl Radonich

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