En esta época, en la que el capitalismo ha asumido la diversidad sexual como un negocio más, tal vez valga la pena recordar uno de los amores más intensos y escandalosos de otra época, distinta, en la primera mitad del siglo 19, cuando el tuberculoso músico Frederic Chopin y la liberal escritora Amantine Aurore Lucile Lupin, conocida como George Sand, protagonizaron, durante casi una década, un singular romance.
Otro músico, Franz Litzt, fue quien presentó a los artistas, en París, en el otoño de 1836. Chopin tenía entonces 26 años, era tímido, elegante, de modales aristocráticos, hipocondríaco en extremo y justificadamente; y George Sand había cumplido 32, ya se había divorciado, fumaba puros vestida con ropas masculinas… dos extremos, chocantes, dos mundos en el mismo mundo.
Sin embargo, ese rechazo inicial, que no había obedecido a imperativos sociales, sino, más bien, a la fuerte personalidad de cada uno, se transformó en un amor intenso al poco tiempo, después de que Chopin, tras una decepción amorosa con otra mujer, sufrió una grave recaída en la enfermedad que socavaba lentamente sus pulmones.
Sand comenzó a visitarlo, en ese momento de salud endeble, y a cuidarlo, con cierta actitud maternal. De ahí al amor más pasional hubo un solo paso, facilitado por la mutua atracción intelectual, y el romance se formalizó, ante sus relaciones y el resto del mundo, en 1838.
El amor disimulaba los padecimientos, que, en el caso de Chopin, se acrecentaban lentamente, con ataques de tos imparables y extenuantes. Ella lo cuidaba, como una amante y una madre.
En noviembre de aquel año, viajaron a la isla Mallorca, un poco para poner distancia de los chismes parisinos, más cansadores que la tuberculosis del músico… y un poco para aprovechar el clima cálido de ese lugar de España.
Con los hijos de Sand, se instalaron en un antiguo monasterio, conocido como la Cartuja de Valledemossa.
Sin embargo, no salió bien aquella decisión. Los isleños empezaron a ser hostiles, desconfiando de la “normalidad” de la pareja. Chopin tosía todo el tiempo, y eso no contribuyó a que lo miraran con afecto. Además, llegó el invierno y fue inusualmente húmedo y frío, con lluvias constantes.
Chopin empeoraba inexorablemente, y, al mismo tiempo, componía. Algunas de sus obras más hermosas nacieron de aquel sufrimiento isleño, como la mayor parte de sus Preludios. Sand era amante, cocinera, enfermera, y madre de toda la familia ensamblada: el músico, según ella misma admitió en sus cartas, era, casi, uno más de sus hijos.
La experiencia en el monasterio de Mallorca terminó, y decidieron volver a Francia. Vivían un poco en París, otro poco en la finca de la escritora, en Nohant, en el centro del país, dentro del valle de Loira.
El amor entre Frederic y George iba cambiando. El músico estaba cada vez más frágil, y del romance pasional intenso, pasaron a una relación de profunda amistad, en la que ella era la protectora, y él, el protegido. En Nohant, Chopin compuso febrilmente, y Sand escribió como nunca.
A los nueve años de relación, en 1847, comenzó el conflicto entre los singulares amantes. Sand peleaba constantemente con una hija, Solange, y Chopin tomó partido en favor de la niña. La escritora vivió aquello como una especie de traición, y, poco a poco, la situación se tornó intolerable para los dos.
Llegó la ruptura, la distancia, el silencio.
En 1849, Chopin murió, consumido por la tuberculosis. A su lado no estuvo George Sand. El músico tenía 39 años. Sand, para entonces, había cumplido 45. Murió a los 71, en la misma finca de Nohant donde había amado profundamente a Chopin.