En estos tiempos en que los referís de fútbol han desplazado a los jugadores en protagonismo mediático, cuando la tecnología se ha adueñado de las canchas con su imperativo virtual, tal vez no se tenga una cabal idea de cómo funcionaban las cosas en el siglo pasado, en lugares del deporte todavía amateur, sin tarjetas, sin Var, sin cámaras, apenas tres hombres con banderillas y un silbato, lidiando con 22 jugadores mal entrazados.
Fuera de las grandes capitales del fútbol, Buenos Aires, Avellaneda, Córdoba, La Plata, el deporte preferido de los argentinos se practicaba con ganas e intensidad en todas las ciudades y pueblos del país, en distintas ligas, algunas más desarrolladas que otras; y el referato era una profesión que solían practicar policías y bomberos, preferentemente, y hasta algún suboficial del Ejército, tal vez porque para poner orden, era más natural que se lo pusiera desde algún tipo de uniforme, con ejercicio estricto de disciplina.
Las canchas eran territorios de pasto cortado al ras, con rayas pintadas a la cal, en algunos casos, sobre el verde, en otros, sobre mínimos surcos que aseguraban un poco más de tiempo de durabilidad a la marcación. El alambrado separaba a la afición, entusiasta, de los protagonistas. Había alguno que otro estadio, pero la mayoría de los campos de juego se marcaban a la intemperie abierta, sin tribunas, con los hinchas con la jeta contra el alambre acerado.
Los referís lidiaban con esa escasa infraestructura. Según la ocasión, podían llegar a pasarla mal, pues la seguridad era precaria. Por lo general, no había túneles desde los vestuarios al campo de juego, así que, tanto jugadores como referís, debían entrar y salir por entre el público. Cuando la hinchada cantaba el enojado “referí, referí, de la cancha no salís”, era así, literalmente, y, entonces, si había policía, se armaba la batalla, y, si no había, era posible que hubiera que llamar una ambulancia o llevar al juez en alguna camioneta de civil, al hospital del pueblo.
Les hablo de la misma época en que, en la literatura, asomó el realismo mágico. Más o menos para cuando el colombiano Gabriel García Márquez irrumpió en escena con su “Cien años de soledad”. De su prolífica imaginación podrían haber salido algunos de los árbitros de fútbol que conocí; entre ellos, uno, de cuyo apellido no estoy seguro, pero creo que era Cobanea, un hombre salido de los barrios habitados por pampas indómitos, quien tenía a su vez un hermano que vagaba por las calles bajo el mote de entonces, que era el de “linyera”.
Este hombre, referí tal vez por la imposibilidad de jugar al fútbol él mismo, aguerrido y con cara de pocos amigos, solía desplegar, en aquellos tiempos de legalidad incierta, su propio manual de faltas. A veces, llegaba a los partidos encopetado, con aliento etílico elevado, pero, en fin, no se les prestaba tanta atención entonces a los referís, ni, mucho menos, se los responsabilizada por los resultados, más allá de que ya se cumplía el rito de acordarse de su madre cuando cobraba en contra, y de musitar un “bien, bien”, cuando cobraba a favor.
Este hombre, que vestía de negro, ya que entonces los referís, como los curas, llevaban ese color obligatoriamente, soplaba con energía de trompetista de jazz el silbato, sin hablar. Casi no se le conocían palabras. Su silbato era la Ley. Su cara de pocos amigos, el respaldo suficiente para cumplirla.
Pasó a la posteridad en el pueblo después de una jugada confusa, en un clásico de barrio. Hubo un remolino de jugadores disputando la pelota, en el medio del campo, cuando se escuchó el poderoso silbato de Cobanea. Todos quedaron paralizados, sin entender qué pasaba, pues, la verdad, nadie había hecho nada incorrecto, más que forcejear en el tumulto del juego enredado por la escasa pericia técnica de los protagonistas.
Uno de los capitanes no aguantó, se dirigió al referí, y le espetó el clásico “¡Qué cobrás!”.
El hombre de negro, esta vez, habló. Sacándose el silbato de la boca escondida tras el bigote espeso, tronó, con claridad espeluznante: “¡Amontonamiento!”
Estimo que fue la única vez, en la historia del fútbol nacional, que se cobrara tal cosa.
Como el “amontonamiento” no podía identificar entre víctima y victimario, Cobanea reanudó el juego con un bote a tierra de la pelota, entre los capitanes.
Les aseguro que esto ocurrió, en aquellos tiempos lejanos, sin tecnología, sin Var, sin un ejército de uniformados colaborando con los referís, sin transmisión mediática, sin más nada que una pelota número cinco de cuero, 22 jugadores mal entrazados, y un público que se prendía al alambrado como garrapatas del verano, en un domingo, a la tarde, entre precarios gobiernos civiles y golpes de Estado frecuentes, en la época en que García Márquez hizo famosos a los Buendía.