¿Quiere recibir notificaciones de alertas?

Logo Am2022
PUBLICIDAD

El día en que Marcelo Berbel nos dejó la letra de El Embudo

Una charla en la Redacción, una milonga larga mecanografiada, y el testimonio de una época igual y tan distinta.

Agregar Mejorinformado en
Agrega Mejorinformado a tus medios preferidos en Google
PUBLICIDAD

Marcelo Berbel entró a la Redacción, le arrimaron una silla al escritorio donde estaba Beatriz, y enseguida empezó la charla, con destino al reportaje, en medio del bullicio inevitable de alrededor, que combinaba los sonidos constantes de la máquina teletipo, escupiendo largas tiras de papel impreso, con las charlas, intercambios, puteadas, y el humo de los cigarrillos cargando la escena con una bruma especial, como si fuera una película del cine policial negro de los años ‘40.

En 1986, las redacciones de los diarios eran ruidosas, inevitablemente. Los invitados para entrevistas generalmente no accedían a un cuarto aparte, que no había, sino que se sentaban al lado del periodista entrevistador. Así, se construía una rara intimidad, la misma que se puede fabricar en cualquier bar atiborrado de gente, entre dos personas que se quieren contar cuestiones importantes.

Beatriz era nuestra encargada de la sección Espectáculos. Rebautizada por quien esto escribe como “la charrúa ilustrada”, aportaba pequeños lujos periodísticos al diario, que era, por entonces, El Diario del Neuquén. Rigurosa, talentosa, con genio esquivo pero fuerte.

La charla con Berbel avanzaba bien. El poeta y músico neuquino tenía una voz gruesa inconfundible, que se levantaba, raspando el aire como una lija, sobre el coro plural y desafinado de los periodistas a media tarde, una hora intensa en la que ya se empezaba a definir de qué la iba la edición del día.

Entre alguna que otra risa, el ruido de un mate que se terminaba, la conversación no era audible para mi posición, pero sí la escena: uno sabe cómo va un reportaje con la sola imagen de sus protagonistas. Así se ve si hay o no química, si hay o no un interés mutuo, que es lo mejor que puede ocurrir para que la nota salga buena.

La charla terminó, saludamos a Don Marcelo, y se fue, rumbo a las escaleras, para encontrar la planta baja y la salida del edificio de Fotheringham 445. Beatriz vino hacia mí, al rato, y dejó sobre el escritorio, al costado de la voluminosa pantalla de la computadora, un papel. Nos dejó esta letra, una milonga. Es un anticipo, me dijo la charrúa.

Desdoblé el papel oficio, en la que había unas décimas grabadas con los tipos desparejos de una máquina de escribir. Tenían, los versos, como título, “El embudo”. Y sus palabras, cada una, transmitían con exactitud lo que era la línea política dominante, de aquellos tiempos, en Neuquén, frente al expolio petrolero de Nación y las grandes empresas.

No sabíamos entonces que esos versos de Berbel impactarían, con los arreglos, la voz e invitados ilustres para la grabación, de León Gieco, a la próxima generación, la que viviría a pleno el fin del siglo y el comienzo de otro. Fue en 1997, como parte del disco “Los Orozco”, y, entre las voces invitadas, estuvieron Ricardo Mollo y Mercedes Sosa.

Para entonces, ya trabajábamos en otro diario, en el mismo edificio. Era La Mañana del Sur. Fue allí cuando comenzamos a hacer, en 2003, un suplemento especial en homenaje a Don Marcelo. El se moría, y se murió el 9 de abril, y, ese día, salió a la calle, con ocho páginas, ese testimonio.

El papelito con la letra mecanografiada de El Embudo lo tengo guardado, en alguna de las cajas en donde acumulo recuerdos, pedacitos de vida que apuntan, como una flecha, hacia el olvido.

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD