Hace muchos años, conseguí un conchabo en lo que era el Banco Español del Río de la Plata, en Azul. Había pasado yo por momentos difíciles pese a mi corta edad -tenía 22- y ese trabajo contribuyó, de alguna manera, a la supervivencia, en el más estricto sentido, en un país devastado por el autoritarismo dictatorial.
Quien tomó el examen práctico para el ingreso, y después fue compañero de trabajo, un amable hombre de apellido Sanz, estaba emparentado de alguna manera que nunca discerní bien con los Ocampo, la familia de Silvina, casada con Adolfo Bioy Casares; y tenía relación con la estancia Rincón Viejo, en Pardo, cerquita de Las Flores.
En Rincón Viejo, y en Pardo, hoy se recuerda y se utiliza para el turismo “cultural” aquella residencia de la pareja entre Bioy y Silvina, pues allí se casaron -en 1940- y, tal vez lo más importante, allí recibían las visitas asiduas de Jorge Luis Borges.
De esas cuestiones tuvimos algunas charlas con Sanz en aquel viejo Banco Español de la esquina de 25 de Mayo y San Martín, aunque tal vez no todas las que yo hubiera podido pretender, pues tenía entonces una especie de cepo en la lengua, temeroso de revelar demasiado.
Se contaba entonces, y ahora con más razón, que la casona principal de Rincón Viejo no solo albergó los veranos y descansos de Bioy y Silvina Ocampo; también fue el escenario de una de las alianzas literarias más famosas del siglo XX, concretada en la ficción de Honorio Bustos Domecq, el seudónimo que integró el dúo creativo entre Bioy Casares y Borges.
En el contexto de las habitaciones y galerías de esa estancia nacieron aquellos cuentos, inicialmente reunidos en Seis problemas para don Isidro Parodi, publicado en 1942.
En esa obra, firmada bajo el seudónimo elegido con apellidos familiares, debuta el detective encarcelado, que resuelve crímenes sin moverse de su celda. Dicen que fue concebido enteramente durante los veranos en Rincón Viejo, allí en Pardo.
Pero también fue en Rincón Viejo donde Bioy Casares concibió y comenzó a escribir lo que se considera su obra cumbre, La invención de Morel. El ambiente rural de Pardo, por supuesto que influyó también en los primeros textos de Silvina Ocampo, como los que se acopian en Viaje olvidado, de 1937.
Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo se casaron en esas tierras de la llanura bonaerense en 1940, con Jorge Luis Borges como testigo, y padrino de bodas. Eran tiempos de mayor roce social para el genial escritor, que moriría en Ginebra, en 1986, muy lejos de la campiña bonaerense.
El pueblo Pardo, que recientemente celebró sus 150 años de historia, preserva ese espíritu de horizontes abiertos y campos con apariencia de infinito. La estancia sigue en manos privadas, pero la impronta literaria marcada hace tantos años, se muestra en cada rincón, a través de un circuito de turismo.
La antigua estación del tren, por ejemplo, guarda fotografías, primeras ediciones, y la mítica máquina de escribir de Bioy Casares.
También está Casa Lámaro, un almacén de ramos generales donde el grupo se reunía a conversar, y en el que Borges esperaba pacientemente las llamadas telefónicas de su madre, Leonor Acevedo, ya que allí se encontraba el único teléfono del paraje.
Se puede visitar también el Hotel de Campo Casa Bioy, una vieja proveeduría de dos plantas, construida por el abuelo del escritor, que fue reconvertida en hotel de campo, con la estética de aquella época en que Adolfo y Silvina pasaban sus descansos campestres.
Mi compañero del Banco Español, Sanz, cada tanto viajaba a Pardo. Yo nunca fui, pues todavía la amenaza colgaba sobre mi conciencia, real o no.
Después, llegó la democracia, y, con ella, dejé aquel banco, para incursionar a pleno en el periodismo. Así, vine a Neuquén, y todavía ando por estos lares.
Cada tanto, como ahora, recuerdo aquellas charlas, y siento nostalgia por esa literatura nacional ya perdida para siempre, motivo ahora de homenajes y aprovechamientos varios, algunos no del todo legítimos.