Nos van a dar la primera licencia, y vamos a poder ir al pueblo, dijo Hansen, un electricista de Necochea que estaba, como yo, en el Escuadrón Servicios. Estábamos en la casa de un suboficial, instalando una nueva luz en la cocina. Hacía un par de meses se había materializado el golpe de Estado, y éramos como fantasmas, camuflados, en el Regimiento Coraceros General Lavalle, en San Martín de los Andes.
Llegó el sábado, y salimos. Cada quien con la ropa con la que habíamos llegado. Estaba bastante estropeada, porque los uniformes de fajina se habían entregado 20 días después del comienzo de la colimba, así que los saltos de rana, carrera mar, y demás “entrenamientos” los habíamos hecho con esa ropa, la misma que ahora vestíamos con ánimo de lucir un poco de libertad en ese pueblo montañés que no conocíamos.
Nos fuimos por el medio del campo, cortando camino, caminando por la ribera del Pocahullo, saltando entre la maleza y las imperfecciones rocosas. Las primeras horas de la tarde se mostraban apacibles, con un poco de viento, y llegamos a las primeras calles y las primeras casas entre risas, bromas y promesas de visitar a la noche el “firulo”, pasara lo que pasara en ese mundo extramuros que, suponíamos, en algo tal vez había cambiado.
El pueblo nos pareció una aldea de un cuento. Andaba poca gente, y lo recorrimos en 10 minutos. Vamos al lago, dijo Hansen. El lago era, como es ahora, el Lacar. Estaba ahí, encajado entre las montañas boscosas. Había una embarcación encallada en la orilla, y mucha basura de ramas y pequeños troncos oscilando hacia afuera y hacia adentro de la angosta playa de guijarros.
Era 1976, y había llovido mucho, y nevado mucho. Teníamos 21 años, y no sabíamos de futuro y de sequías, pues todo era húmedo, y frío, y peligroso, y las sonrisas, engañosas, y la alegría, un poco impostada.
El grupo empezó a dividirse, según el trazado de posibilidades de lo que había para hacer. En la caminata, habíamos visto un cine, pequeño, casi escondido, que prometía la exhibición de “Nosotros los monos”, la película-denuncia de Edmund Valladares, de la que yo había leído algo en las críticas que salían en la revista “Gente”.
Tres de los licenciados decidimos asistir a la función, y, en todo caso, visitar el “firulo” más tarde.
Los tres “intelectuales” hicimos algo de tiempo, cominos unos sánguches, y nos sumergimos en la penumbra y el olor a naftalina del cine montañés. El ambiente nos fue tranquilizando, pues el cine era entonces un lugar común, una forma de compartir, un pacto de silencio y de atención, que el futuro, del que no sabíamos nada, se encargaría de eliminar.
La película se nos fue metiendo, a puro blanco y negro, como una astilla incómoda. El formato documental resultaba extraño, y, al mismo tiempo, adictivo. Nunca me había gustado el boxeo, pero a partir de aquel día, en el cine de licencia de la colimba, le encontré una razón al inicial rechazo.
Cuando salimos, la noche era como el blanco y negro de la película. Estábamos apesadumbrados. Las ganas del disfrute se habían esfumado, y un cansancio raro nos ganaba los músculos, como si el cabo primero nos hubiera bailado en la plaza de armas durante la hora y quince que había durado la película.
No hubo “firulo” ni quilombo ni prostíbulo esa noche, para los tres “intelectuales” del bullicioso grupo.
Volvieron al cuartel, como derrotados.
Habían sentido, en esa rara película argentina, una metáfora de lo que en el país sucedía.