La apicultura argentina tiene una escala que pocos sectores del agro pueden igualar en términos de posicionamiento global. El país ocupa el cuarto lugar entre los mayores exportadores mundiales de miel y el quinto entre los productores, con ventas externas que alcanzan los US$190 millones anuales en un mercado internacional que mueve más de US$2.280 millones por año.
En el ranking global, Argentina queda detrás de Nueva Zelanda (US$251 millones) y China (US$239 millones) en valor exportado. La producción nacional ronda las 80.000 toneladas anuales y se distribuye en 22 provincias, aunque la provincia de Buenos Aires concentra por sí sola el 44% de toda la actividad apícola del país.
Casi toda esa producción sale al exterior: el 95% de la miel argentina se exporta a granel. Los destinos principales son Estados Unidos y Alemania, que juntos explican más del 75% de las ventas externas del sector. El consumo interno, en comparación, es marginal.
En este contexto, del 14 al 20 de mayo se realiza en todo el país la X Semana de la Miel 2026, bajo el lema "Miel Argentina, calidad que se consume y se exporta". La iniciativa coincide con el Día Mundial de las Abejas -que se celebra el 20 de mayo- e incluye jornadas técnicas, ferias de productores, degustaciones y actividades educativas en ciudades como Azul, Famaillá y San Juan. Uno de sus objetivos es promover el consumo interno, el eslabón más débil de la cadena.
Más allá del valor económico, la apicultura tiene un rol que va mucho más allá de la producción de miel: más del 75% de los cultivos destinados a la alimentación humana dependen, al menos en parte, de la polinización que realizan las abejas. Una función silenciosa, pero sin la cual buena parte del sistema alimentario no funcionaría.