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Bienvenido invierno: los beneficios del frío en el cuerpo y la mente

Contrariamente a lo que se piensa, el frío activa mecanismos biológicos como la termogénesis, el sueño profundo y la regulación metabólica. 

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Miércoles, 15 de julio de 2026 a las 13:30
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Invierno y salud: qué dice la ciencia sobre los beneficios del frío.

Cada invierno, el cuerpo humano despliega una coreografía fisiológica de precisión extraordinaria. El primero de sus mecanismos es la termogénesis. Ese proceso mediante el cual el organismo genera calor interno para mantener su temperatura central estable frente al descenso externo.

Es aquí donde el tejido adiposo marrón entra en escena. Investigaciones del Instituto Karolinska de Estocolmo, demostraron que los adultos expuestos regularmente a temperaturas frías, activan de manera significativa sus depósitos de “grasa parda”, con un efecto directo sobre el metabolismo basal y el control del peso corporal. La grasa marrón, a diferencia de su par blanca, quema calorías en lugar de almacenarlas.

Frank Sheer, cronobiólogo del Brigham and Women´s Hospital de Boston, lleva más de 20 años estudiando la relación entre los ciclos de luz, temperatura y biología humana. Sus conclusiones son contundentes: “El invierno no es una estación que el cuerpo deba tolerar, sino una señal que espera. La reducción de las horas de luz solar, activa el eje hipotálamo-hipofisario-suprarrenal, de una manera que el verano no puede replicar. Esa activación tiene efectos sobre la producción hormonal, la plasticidad neuronal y la capacidad de consolidación de la memoria durante el sueño. Estamos diseñados para el frío”.

El sueño es precisamente unos de los beneficiados del invierno. Las noches más largas y la caída de la temperatura ambiente facilitan la arquitectura del sueño profundo: el incremente de las fases de ondas lentas, durante las cuales el cerebro realiza su trabajo más intenso de reparación celular, consolidación de aprendizajes y limpieza de residuos metabólicos, a través del sistema linfático.

Un estudio basado en comunidades sin acceso a la luz artificial en Bolivia, Namibia y Argentina, confirmó que los patrones de sueño se alargan espontáneamente durante el invierno, incluso en personas que desconocen el concepto de higiene del sueño.

La psicóloga Herminia Traverso, lleva años investigando cómo el invierno transforma la calidad de los vínculos humanos: la gente reduce la cantidad de sus interacciones durante el invierno, pero aumenta notablemente su calidad. Las reuniones son más pequeñas, más largas y más profundas. Las conversaciones son más íntimas, hay menos presión por el rendimiento social, como la obligación de mostrarse o divertirse y más espacio para la presencia genuina. El frío funciona como un filtro que deja pasar solo lo esencial.

Otros estudios demuestran que la calidad de los vínculos sociales, incide sobre la longevidad. No es la cantidad de contacto social lo que protege la salud, sino su profundidad afectiva. Estar integrado en relaciones íntimas de alta calidad, se asocia con una reducción del riesgo de mortalidad por todas las causas y precisamente el invierno, al reducir las interacciones, tiende a concentrar su intensidad. Las reuniones pequeñas alrededor de una mesa, las tardes compartidas, los proyectos domésticos en familia, son rituales que fortalecen el vínculo protector.

En Noruega, el sol desaparece durante semanas enteras, sin embargo sus habitantes, se ubican entre los más felices del mundo al igual que en Dinamarca. La coincidencia no es casual, ambas culturas, han desarrollado a lo largo de siglos de inviernos extremos, una filosofía práctica de bienestar que nace precisamente del frío, no a pesar de él.

El filósofo Albert Borgmann, señala que el bienestar profundo surge de aquellas actividades que concentran la atención y vinculan el cuerpo, la comunidad y el entorno de manera integrada. El hogar a leña es el mejor ejemplo, requiere ser atendido, calienta un espacio común y convoca a quienes están cerca. El invierno es la estación de las prácticas focales por excelencia: cocinar guisos lentos, leer en silencio, compartir el desayuno. Actos simples, que en su aparente intrascendencia, contienen una sólida presencia, que el verano, con su vértigo social y dispersión, raramente ofrece.

El invierno está muy lejos de ser el enemigo del bienestar. Es tal vez, su versión más honesta: la que no necesita de la distracción y el espectáculo y  que sin embargo ofrece profundidad y una vuelta a las raíces.

La pregunta que cada mes de julio plantea no es cómo sobrevivir al frío, sino cómo aprender de él. El cuerpo ya sabe la respuesta, hace falta solamente escucharlo.

 

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