El 21 de diciembre de 1988, el vuelo 103 de la empresa estadounidense PAN AM, explotó en el aire. Los restos del avión cayeron sobre la localidad escocesa de Lockerbie. Murieron 259 personas que iban en el avión, más 11 habitantes de ese pueblito. En total, 270 víctimas de lo que, se probó después, fue un atentado terrorista, financiado y preparado por Libia (cuando gobernaba Kadhafi): una bomba, en una valija, estalló mediante un artefacto temporizador, en una de las bodegas de almacenaje de equipaje de la nave.
Aquel hecho histórico cambió las normas de seguridad en los vuelos internacionales, espantó al mundo, y, de alguna manera, anticipó lo que sería después el mayor y cruento atentado de este siglo 21 -hasta ahora-, el del 11 de septiembre de 2001, contra las torres gemelas, en Manhattan, Nueva York. Ese sacudón en el mundo ocurrió a pocos meses de que un jurado resolviera condenar a uno de los terroristas que puso la bomba en el PAN AM 103: fue como un epílogo apocalíptico de aquella sórdida y conmovedora historia.
Una miniserie británica, en la plataforma Netflix, se estrenó el viernes pasado, y permite actualizar este vigente tema para las nuevas generaciones, o reflotarla, con un abordaje impecablemente riguroso, para quienes tienen más edad: quien esto escribe, a caballo entre dos siglos, volvió a vivir estos sucesos tristes de la humanidad, después de haberlos reflejado, en su momento, en crónicas periodísticas escritas bajo el apuro del espanto.
“La Bomba en el PAN AM 103” es un trabajo de gran factura, más cinematográfico que televisivo, armado en el formato de miniserie, con cinco capítulos. Permite seguir, con la sensibilidad a flor de piel todo el tiempo, la historia de la investigación sobre la mayor escena de un crimen hasta entonces vista, una superficie de más de 200 hectáreas en la que se diseminaron pedazos de avión, equipajes, y cadáveres.
Esa investigación fue liderada por Escocia, y fue una demostración de la importancia de la rigurosidad científica en el análisis de las evidencias, por encima de las apresuradas conclusiones que tendía a sacar el FBI estadounidense, también involucrado en la investigación de lo que fue, claramente, un atentado contra Estados Unidos de parte de Libia, y que se cobró mayoría de víctimas norteamericanas, que viajaban en ese vuelo a pocos días de la Navidad de 1988.
El juicio por el atentado con bomba al vuelo 103 comenzó el 3 de mayo de 2000 y finalizó el 31 de enero de 2001, a meses de lo que sería el atentado contra las torres gemelas. Abdelbaset al-Megrahi, agente de la inteligencia libia, fue declarado culpable de asesinato, por unanimidad de los tres jueces del tribunal, y condenado a cadena perpetua.
El otro imputado juzgado, Al Amin Khalifa Fhimah, fue declarado no culpable y quedó en libertad.
El juicio se llevó a cabo bajo las leyes de la justicia de Escocia, pero en un tribunal especial ubicado en Camp Zeist, una base aérea militar en desuso de los Estados Unidos situada en los Países Bajos. Esto se pactó para garantizar la imparcialidad y lograr que Libia entregara a los sospechosos: un tenso juego de relaciones internacionales, en un escenario internacional que comenzaba a ubicar al terrorismo como el gran protagonista del siglo.