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El breve viaje con Mercedes Sosa en un Fiat 600 en Olavarría

Breve historia íntima de un recital bonaerense en los meses del retorno a la Argentina de la más singular cantora de la patria.

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-Ernesto está trabajando en la organización del recital de la “negra” Sosa en Racing de Olavarría. ¿Lo ayudamos? -Me dijo, a modo de pregunta con respuesta incluida, Graciela.

Dije que sí, pues no había otra cosa más que reafirmar esa intención. Mercedes Sosa había retornado al país hacía unos meses. Era febrero de 1983, la dictadura se iba, se presagiaba la democracia, y todos andábamos un poco más livianos.

Así que salimos hacia Olavarría. Ernesto era mi cuñado, entonces, y eran tiempos de vacas flacas para su economía como productor de espectáculos.

De hecho, viajamos en un destartalado Fiat 600, uno de tantos vehículos que entraban y salían de la familia, frutos de negocios de compra-venta en modo supervivencia.

El gimnasio de Racing era -es- uno de los recintos grandes, en la ciudad de la provincia de Buenos Aires que impulsó, en la década del 60, la familia Fortabat, con un fuerte polo industrial en Loma Negra.

Estaba, cuando llegamos, ya listo para el recital, con el escenario armado sobre uno de sus laterales, y una amplia platea con sillas metálicas y de plástico, ordenadas en media luna.

Nos entretuvimos dando una mano aquí y allá, hasta que fue llegando la hora, y empezó a llegar gente, de a mares: pronto estuvo lleno, con un público entusiasta, preparado para recibir a la superestrella popular que había vuelto de su exilio.

Vi entonces venir hacia mí a Ernesto. Acompañame, que la Negra no quiere venir en taxi desde el hotel, dijo mi cuñado, con cara de apuro.

Salimos, en el Fiat 600, rumbo al hotel Santa Rosa, donde se había alojado Mercedes Sosa. Llegamos en un santiamén, con el fitito dando lo mejor de sí, y yo, todo el tiempo, iba pensando en dónde meteríamos a la Negra, en tan pequeño vehículo. ¿Adelante o atrás? Todo un dilema.

Quedé en la vereda, con una mano sobre el techo del auto. Enseguida, lo vi a Ernesto y, al lado, con una sonrisa grande que parecía un sol andino, Mercedes Sosa.

Abrí la puerta y corrí el asiento delantero, con el gesto más galante que pude. La Negra se zambulló sin problemas en el asiento trasero.

El viaje transcurrió sin problemas, y con pocas palabras. Yo no hablé. Ernesto tampoco. Mercedes Sosa canturreaba con voz queda.

Llegamos, entramos por una puerta lateral, y acompañamos al mito viviente al lugar preparado como camarín. Hice guardia en la antesala, cuidando esa puerta cerrada como un estrafalario patovica.

Al rato, Mercedes Sosa salió, ataviada ya con su poncho, botas negras, y la sonrisa de sol. De pasada, acarició en un gesto fugaz, con la mano izquierda, mi rostro, como un ángel latinoamericano.

Sentí la caricia como el aliento de una divinidad, y quedé petrificado, unos minutos, mientras desde el recinto llegaba la ovación y los aplausos.

Nos sentamos en sillas de la primera fila, que habíamos reservado. Mercedes Sosa cantó, bailó, celebró, compartió.

Yo llevé, durante mucho tiempo, con íntimo orgullo, la marca de sus dedos fugaces en la cara.

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