La verdad es que no lo pensamos mucho, que éramos jóvenes y que el arte nos seducía desde el sendero de la libertad, un bien que escaseaba en 1979, cuando la dictadura argentina, la última, se regodeaba en un controlado y casi clandestino espanto.
No lo pensamos, salió de sopetón, casi naturalmente. ¿Y si le hacemos un reportaje? Le pedimos el grabador a Oyhanarte, me dijo Moma. Oyhanarte era el jefe de Redacción del diario El Tiempo, y nosotros colaborábamos en el suplemento de Cultura, que editaba el profesor Juan Antonio Carrau.
La motivación para la incursión periodística de dos neófitos en la materia entrevistas del espectáculo era que se presentaba, en uno de los cines del pueblo, Horacio Ferrer.
Era un espectáculo típico de las “rascadas” artísticas de aquellos tiempos, flacos, oscuros, en el que muchos artistas se largaron a recorrer el país con el menor gasto posible, para hacer unos mangos.
El uruguayo, autor de la inolvidable “Balada para un loco”, era, para nosotros, pareja de recién casados, un cabal representante de la poesía rioplatense. El hombre que le había dado un toque surrealista al tango. El Lepera de Astor Piazzolla.
Así, armados con un pesado grabador Phillips, fuimos al espectáculo. Pagamos la entrada, nos sentamos en una fila del medio de la platea, y vimos y oímos a Ferrer, impecable, elegante, un monsiur, un gentleman, recitar con un ritmo increíble, a capella, sin música, sin instrumentos, varios de sus poemas-canciones.
Nosotros, Moma y yo, sentaditos, esperando el final, y la posibilidad de abordar al poeta, que era la única chance, pues no habíamos hablado con nadie, no sabíamos si estaba acompañado por algún productor, ni habíamos contactado a la organización del show unipersonal, nada: pura esperanza amateur.
El recital terminó, el público -media sala llena, media vacía- aplaudió, nosotros también. Ferrer se quedó allí, pues la única manera de entrar y salir era por el pasillo de la platea. Hicimos cola para saludarlo, llegamos, y, entonces, Moma, que era mucho más atrevida que yo, le largó un maestro, ¿podemos hacerle un breve reportaje?
Con mucho gusto, contestó el uruguayo afrancesado, con un gesto cordial.
Nos sentamos ahí mismo, en las butacas de la platea. Moma de un lado, yo del otro, Ferrer entre los dos. Y preguntamos, y hablamos, de la poesía rioplatense, de la poesía en general, del tango, del surrealismo, de Piazzolla.
Fue un momento especial, fuera del tiempo, fuera del contexto, casi fuera del mundo de todos los días.
Ferrer me dio la mano, le dio dos besos, uno en cada mejilla, a Moma. Y se fue, acompañado por un señor que lo había estado esperando, discretamente, a dos filas de distancia.
Nos fuimos del cine, caminando por la calle Bolívar. La noche era clara y pacífica.
Los militares seguían fingiendo que gobernaban, la gente continuaba fingiendo su aceptación, y nosotros, pensando poco, imaginando mucho, seguimos fingiendo que todo estaba bien, que no había peligro alguno.
El profesor Carrau no aceptó publicar el reportaje. No es la línea del suplemento, nos dijo. Quedamos decepcionados. Pero cuando fuimos a devolverle el grabador a Oyhanarte, musitó, parcamente: Lo publicamos en el cuerpo del diario. Traigan el texto.
Fue mi primer reportaje, compartido. Lo recuerdo hoy, y pienso que todos los protagonistas de esta historia están muertos, menos yo; y, pese a ello, siento un aliento cálido en el pecho, un alivio, una confirmación de que el camino, que esa charla inauguró, estuvo bien elegido.