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Los húmedos días en que Neuquén fue el mundo sumergido

En estos días de lluvias abundantes en el Alto Valle, se recuerda aquel abril de 2014, cuando el cielo se derrumbó sobre estas áridas tierras.

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Eran los primeros días de abril y el pronóstico resultaba letal: llegaba la tormenta del siglo, el apocalipsis, un raro resultado convectivo que, avisaron, no habíamos visto casi nunca en nuestra corta vida.

Me permití dudar de tales afirmaciones proféticas. Después de 30 años de vivir en el Alto Valle, tenía constatado su escaso régimen de precipitaciones: entre 180 y 200 milímetros por año. Escribí, entonces, que tal vez se exageraba, desde el municipio de Neuquén, suspendiendo clases y alertando que, en lo posible, había que quedarse en casa.

Entonces, empezó a llover. Fuerte, constante, casi violentamente.

Me puse el impermeable, subí a la camioneta -entonces, todavía conducía-, crucé el puente entre Cipolletti y Neuquén, en dirección a la multimedia. Cuando bajé a la colectora, para girar a la izquierda, empecé a darme cuenta que algo era extraordinario. El agua ya había formado una laguna, y, en algunos sectores, corría como un río embravecido.

La camioneta era cuatro por cuatro, y alta, pero, dudé de meterme en el agua: las cunetas podían jugar una mala pasada. Volví, en contramano, crucé la multitrocha antes de la zona anegada, y di la vuelta por el bajo hasta llegar a la calle Montevideo.

La multimedia ya sufría las consecuencias. Se llovía el estudio de TV. Una gotera fuerte amenazaba los equipos de computación, que eran el corazón inteligente para las radios, el canal y los portales digitales. Esto va a estar bravo, pensé, mientras dejaba el piloto, y me puse a trabajar.

Los pronosticadores y la gente de Defensa Civil no se habían equivocado, ni habían exagerado nada. Del 5 al 11 de abril de 2014, la lluvia extraordinaria produjo una catástrofe inédita en la capital neuquina, y en las poblaciones de la región. Se acumularon entre 200 y 260 milímetros de agua, más de lo que llueve, generalmente, por año. El peor día, el 7, cayeron 118 milímetros en 20 horas.

El 80% de la ciudad quedó bajo el agua. Parecía “El Mundo Sumergido”, aquella tremenda alegoría que había escrito, magistralmente, H.G.Ballard. Las calles resultaron totalmente anegadas, y hubo lugares donde se destruyeron calzadas y veredas. En la zona de bardas, cerca de Centenario, hubo casas que quedaron colgando sobre el socavón producido por los aluviones.

El temporal obligó a evacuar, entre 1.500 y 2.000 personas. Además de la capital, resultaron afectadas fuertemente Plottier, Senillosa, Cutral Co, Centenario y Añelo. Hubo una víctima mortal: una mujer de 70 años falleció debido a una descompensación que no pudo ser asistida a tiempo.

Después de la lluvia, llegó el viento. Las ráfagas alcanzaron, y superaron, los 70 kilómetros por hora. Fue un triste festival de árboles caídos. Frente mismo a mi casa, en Cipolletti, cayó un ejemplar sobre la vereda.

La naturaleza nos dio una lección, aquellos días de 2014. Y después, otra: empezó una sequía que duró hasta ahora, cuando El Niño volvió, para adueñarse de la humedad, las lluvias y los vientos.

Nunca más dudé de los pronósticos y las previsiones. Aquel abril del año 2014, todos, de alguna manera, tomamos un poco más de consciencia acerca de la fuerza incomparable de la naturaleza.

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