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La caída en dictadura desde los cielos televisivos de Luis Felipe

Esta es una historia verídica, ocurrida en 1978. Sólo se han cambiado algunos nombres, en procura de salvaguardar cualquier privacidad amenazada.

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Luis Felipe se había separado de su mujer, que era una bella rubia, alta, y acomodada hija de un próspero comerciante, y demás está decir que ella estaba lo más bien, en su casa amplia y segura, mientras Luis Felipe con sus cuadros borroneados, sus óleos guardados en una caja de zapatos, sus calzoncillos cada vez más sucios y su autoestima en baja, estaba hecho un desastre, refugiado en una pensión de putas y haciendo vida de adolescente después de los 40.

Todo lo que en su momento había anotado en la columna de las virtudes, había transmutado rápidamente en defectos. Su labor artística, había pasado a ser una expresión de su neurosis obsesiva, carente de talento. Sus cuentos, divertidos y eruditos, aburridas exposiciones de alguien que ha leído demasiado de manera asistemática.

Pero lo peor fue tal vez que ya no pudo funcionar como un complemento exótico de su asentada y reconocida mujer, por lo que quedó expuesto a ser considerado un espécimen raro y por lo tanto peligroso. Los servicios de inteligencia redoblaron la vigilancia, la policía recibió advertencias sobre su errática existencia, y el mundo comenzó a ser de pronto un lugar lleno de amenazas, cuando hacía tan poco era una llanura apacible y tranquilizadora.

Luis Felipe pasó por ese proceso de manera veloz y dramática. Se obsesionó con que estaba gordo, porque no podía cagar regularmente, consecuencia esto a la vez de una alimentación salteada, y eventualmente accidental, por lo que se medicó un poderoso laxante que bebía de a tragos, y que le hacía correr hacia cualquier baño cercano en las situaciones más inconvenientes.

Entró en un frenesí de malestares bucales, que arrasó con cuatro de sus últimas muelas gracias a la pericia torturadora de odontólogos del hospital, único lugar al que podía acudir, ya que no tenía obra social ni podía usar, prestada, la de su ex.

Tenía sueños espantosos, de los que despertaba gritando como un poseído, y aumentó su paranoia lindante con el odio más brutal contra la psicología, y en particular, contra un psiquiatra en especial, el doctor Raimundo Kipoff, que era una especie de gurú de las ciencias humanísticas en los ámbitos profesionales y gozaba del suficiente prestigio como para escribir una columna todos los domingos en el diario.

Ese Kipoff es un estafador profesional, un chanta, como todos los psicólogos o psiquiatras, brujos modernos, monjes del demonio, hijos putativos de Freud y las rotativas, decía Luis Felipe, mientras masticaba desprolijamente escupiendo pedacitos de pan que se le escapaban entre los labios apurados, y mezclaba tragos superlativos de caña Legui con laxante, y revoleaba los ojos miopes (había perdido, también, los anteojos) para enfocar la maldita tela donde intentaba dejar plasmada la furia del siglo XX, el testimonio del fin de una humanidad y del nacimiento de otra.

Así estaba, hasta que un día llegó a la pensión y se anotició que su ex esposa lo había llamado por teléfono, y le había dejado como todo mensaje que si podía ir a la casa porque la antena del televisor se había movido por el viento y no se veía nada, y las nenas no podían mirar el programa de dibujitos animados.

Luis Felipe sintió que tal vez todo podía cambiar con ese simple mensaje. Es que seguía amando profundamente a la madre de sus hijas, pese a que le hacía la vida imposible y lo trataba como un chico malcriado y caprichoso, algo que de todas maneras podría soportar, estaba seguro, refugiándose en sus discos de ópera y acrecentando sus lecturas de historia universal, y tal vez siendo un poco más ordenado y dejando de ir al baño cada 15 minutos, que ya estaba quedando piel y huesos y los ojos se le salían de las órbitas como dos inútiles catalejos.

Crisis significa oportunidad, dijo entonces, y allí fue para la casa, seguro de poder arreglar lo que estaba desarreglado, aunque nunca en su vida se las había visto antes con una antena de televisión, ni con los secretos oscuros de las válvulas o los transistores de esos infernales aparatos, que llegaron para cambiar la vida de la gente, y sepultar los libros en una nueva etapa oscurantista revestida de cultura para todos.

En la casa no estaba su ex esposa, que se había ido de compras llevándose las nenas, pero sí estaba la mujer que limpiaba, que le abrió la puerta con desconfianza, y tardó un rato en sucumbir a la explicación de que lo habían llamado para arreglar la antena y que las nenas pudieran ver el programa de dibujitos, que por otra parte era tal vez lo único como la gente que había para mirar en ese inmundo artefacto lleno de actores y actrices gritonas, de periodistas mentirosos, y de películas del año del jopo que él ya había visto en el cine.

Encontró en el patio la escalera que había usado el morador anterior de la casa para podar la parra, la apoyó contra la pared del fondo, y un poco gracias a la casualidad y otro al esfuerzo de agarrarse de una chimenea que supuso estaba para evacuar malos olores y gases peligrosos de las profundidades cloacales, pudo poner medio cuerpo sobre las tejas del techo de dos aguas, y después, reptando como un gusano, llevar el resto de su cuerpo hacia ese incierto terreno inclinado que revestía por encima las paredes de esa casa que había conocido solo por dentro, en la intimidad, y no por sus aspectos exteriores, casi siempre ariscos a la simple ambición restauradora de los hombres.

Lo primero que entendió, es que no sería nada fácil llegar hasta la antena, por dos razones: el techo era resbaladizo, además de muy inclinado; y la antena estaba por lo menos a cuatro metros de donde estaba ahora, intentando ponerse de pie, o por lo menos en cuatro patas, para llegar al objetivo y después, eventualmente, considerar cómo haría para ubicar la antena de manera tal que la milagrosa e inestable imagen a rayas volviera a la pantalla gris y cuadrada y convexa del artefacto que sus hijas añoraban.

Las cavilaciones de Luis Felipe no llevaron mucho tiempo, porque apenas quiso erguirse sobre sus piernas como el primer pitecántropo, el pie izquierdo se deslizó sobre una teja que estaba un poco mojada con la lluvia de la noche anterior, el mocasín se le escapó del pie como un balón impelido por Kempes, y allí fue el hombre cuesta abajo, a una velocidad impresionante, sin que sus manos desesperadas pudieran asirse a algo, ni sus piernas hacer otra cosa más que parecer los agitados tentáculos de un pulpo caído en desgracia.

Cayó de cabeza, con tanta puntería, que lo hizo en una gran maceta que tenía un hermoso arbusto que su ex había comprado a buen precio. La maceta se rompió, pero Luis Felipe amortiguó algo el golpe, gracias a la tierra relativamente blanda del compuesto orgánico pensado para que el arbusto tuviera una buena y larga vida.

El estruendo se escuchó en todo el barrio, es decir, lo escuchó todo el barrio menos Luis Felipe, que entró de lleno en una apacible oscuridad, sin televisores, sin imagen alguna, sin nada. Mientras él estaba inconsciente, la mujer de la limpieza salió al patio urgida por el estruendo, y se encontró con una escena apocalíptica.

Luis Felipe estaba despatarrado en el piso de baldosas, en medio de una gran mancha de tierra y pedazos de maceta roja que la mujer confundió con pedazos de cuerpo, por lo que salió espantada a la calle, a los gritos.

Una vecina se hizo cargo de la situación, y, conocedora de la geografía y las singularidades del pueblo, llamó a los bomberos, confiando en que llegarían más rápido que una ambulancia, ya que estaban a solo dos cuadras. El cuerpo, con vida, aunque sin consciencia, de Luis Felipe, fue trasladado así en la parte posterior de una camioneta roja y desvencijada, con rumbo directamente al hospital, a donde llegó bastante rápido.

Lo bajaron en una camilla de lona, y lo entregaron con las referencias mínimas del caso a los enfermeros y médicos presentes (dos, exactamente, uno por profesión), y allí quedó internado en observación, después de que le fueran medidos los indicadores vitales, y curadas algunas escoriaciones fruto de la caída. Sorprendentemente, tenía todos los huesos sanos.

Solamente habría que revisar lo más delicado, el cerebro, es decir, lo que hacía fundamentalmente que el hombre en cuestión fuera una rareza digna de la atención de la ciencia y de los milicos en el poder.

Cuando Luis Felipe recuperó la conciencia, y abrió los ojos, lo primero que vio fue a su enemigo principal, el doctor en psiquiatría Raimundo Kipoff.

El médico lo miraba con indulgencia, pero al mismo tiempo acusadoramente. Verlo, y lanzar una furibunda puteada al aire hospitalario de la habitación pintada de gris con piso de mosaicos quebrados y manchados, fue una sola cosa para Luis Felipe.

Sin sentir dolor alguno, se arrancó la sonda que le habían clavado en un brazo para darle suero, arrojó las sábanas por el aire, le asestó un fuerte empujón al psiquiatra, que apenas había alcanzado a levantar un brazo, para frenarlo o tal vez para protegerse, y salió corriendo por el pasillo, como un adolescente, en pelotas, ostentando unas firmes nalgas adelgazadas gracias a decenas de botellitas de laxante.

La ex no presentó cargos, y Kipoff tampoco, aunque ganas no le faltaron. Después de todo, eran conscientes que cualquier acusación sería una excusa para meterlo preso, o algo peor, como desaparecerlo quizá para siempre de la faz de la república. Y Luis Felipe, concluyeron, no se lo merecía.

Luis Felipe siguió viviendo solo, y pintando cuadros con mucho rojo y amarillo, hasta que pasó la dictadura. En los ’90, puso una empresa de exportación e importación, sin jamás arreglar una antena de televisión, ni profundizar en el mundo de la electrónica.

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