Ella me contó de aquella vez en que el amor de su vida fue secuestrado, y preso, y terminó en la cárcel, por más de dos años. En aquellos tiempos se llevaban a la gente, la desaparecían, o la encarcelaban.
Ir a la cárcel era lo mejor, porque perdías la libertad, pero no la vida. El amor de mi amiga fue a parar al calabozo, una mazmorra infecta, con nombre de submarino alemán de la Segunda Guerra.
Ella lo iba a visitar todas las semanas, con sus hijos. Y siempre se encontraban con familiares de otros presos, otras novias, otras esposas, otros hijos.
Se sentaban en un gran cuarto de paredes descascaradas y sucias, en unos bancos de madera alineados para que la gente se sentara en ellos, espalda contra espalda.
No había intimidad, más que la que podía procurarse con el susurro. Todos hablaban bajito, y el cuarto era un murmullo ininteligible. En esos susurros asomaba a veces la lágrima, a veces la risa.
Los susurros eran imperativos, tan obligatorios, que mi amiga, y sus hijos, seguían después hablando en voz baja, durante horas, a veces durante días, mientras se acomodaban a la presunta normalidad del afuera, del más allá de los barrotes, las paredes sucias, la semioscuridad permanente, la escasa luz de las lámparas amarillentas colgando de telarañas polvorientas.
Con algunos se conocían, porque eran de la misma ciudad, con otros no. Pero, al cabo de dos años, todos eran como parientes, porque los días de visita, siempre eran ellos, los mismos, que llegaban a la cita, y hacían la ronda de susurros y discretas caricias, hasta que el guardia gritaba ¡Ya es hora! ¡Termina la visita!
Entonces, siempre, cada día de visita en los dos años que mi amiga fue a la cárcel a visitar al amor de su vida, uno de los presos, alto, corpulento, se incorporaba, y con voz clara y grave, decía: Señores, señoras, con su permiso, ahora mis hijos van a cantar.
Así, tres pequeños, de distintas edades, se ponían de pie, y cantaban, una vieja canción española.
Todos escuchaban, en silencio, las manos apretadas con otras manos. La canción terminaba, el guardia abría la puerta, y todos iban saliendo, menos los presos, que seguían quedando allí, del otro lado, del lado oscuro de la vida.
Mi amiga salía con sus niños de la mano, el corazón oprimido por una rara emoción, que era siempre parecida a esas ganas de reír que vienen acompañadas por un principio de llanto, una queja disfrazada de sonrisa.
Y recuerda, ahora, lo que le decía, antes de despedirse, el amor de su vida.
Primero, miraba al guardia, lo miraba, largamente. Y después, la miraba a ella, le apretaba la mano, le sonreía. Y le decía, como un consejo, como una síntesis acerca de la prisión y la libertad: pobre tipo, pobre, este sí que está jodido… este sí que está jodido.