Este sábado, 24 de octubre, se cumplen 95 años de una condena que impactó más en el futuro que en el mismo momento que ocurrió: la sentencia que se aplicó, por evasión de impuestos, al mafioso más famoso, Al Capone, que significó, en lo inmediato, el colapso de su imperio criminal en Chicago durante la Ley Seca; y, para la posteridad, la enseñanza judicial de que no siempre es necesario probar todos los crímenes cometidos, para encarcelar a quien los ha perpetrado.
El jurado halló culpable a Capone de 5 de los 23 cargos federales de fraude fiscal a los que se enfrentaba. Además de los 11 años de cárcel, el juez, James Wilkerson, le impuso una multa de 50.000 dólares, el pago de 7.692 dólares por costas judiciales y la responsabilidad de abonar 215.000 dólares, más intereses, por los impuestos atrasados.
A ese punto se llegó por una incapacidad. Efectivamente, los investigadores no pudieron, durante años, conseguir pruebas directas, o testigos dispuestos a declarar, de los numerosos homicidios que ordenó cometer, o perpetró él mismo, y del contrabando de alcohol en los tiempos de la “Ley Seca”.
Esa incapacidad fue posible gracias a una gigantesca red de sobornos, y el miedo consecuente. Ante la evidencia de no tener evidencias, el Estado cambió de estrategia.
Como bien se muestra en la película de Brian De Palma, “Los Intocables”, mientras los agentes de Eliot Ness asfixiaban, con distintos operativos, sus destilerías, los sabuesos del Tesoro encontraron la clave definitiva, en un libro contable, que demostraba ingresos multimillonarios no declarados.
Capone intentó sobornar al jurado original asignado para el juicio. Pero el juez Wilkerson descubrió la maniobra a tiempo, y cambió a todos los miembros del jurado, por otros, de quienes le constaba la independencia de criterio, necesaria para impartir justicia.
Capone fue recluido en la Penitenciaría Federal de Atlanta. Como suele suceder tristemente en el presente, el mafioso igual mantuvo ciertas comodidades, y, lo más importante, seguía supervisando sus negocios ilícitos, pese a que entonces, naturalmente, no existía Internet ni teléfono celular: el método era mucho más directo, asegurar fidelidades y emisarios de mensajes dentro mismo de la estructura carcelaria.
Las autoridades, ante la seguridad de que Capone seguía en funciones pese a estar tras las rejas, decidieron trasladarlo, en 1934, a la recién inaugurada prisión de máxima seguridad de Alcatraz, en la bahía de San Francisco, prisión que sería mítica, y nombrada como “La Roca”, locación a posteriori de grandes películas, como “Fuga de Alcatraz”, con Clint Eastwood, o “La Roca”, con Sean Connery.
En esa prisión, Capone quedó totalmente incomunicado de su organización. Su poder se desvaneció, y su salud mental y física se deterioró gravemente, debido a una sífilis avanzada, y no tratada. Fue liberado, a finales de 1939.
Ya sin poder ni gravitación, desplazado por otros capos, murió el 25 de enero de 1947, a los 48 años, en su residencia de Palm Island, en Miami, Florida, tras sufrir un derrame cerebral, y una neumonía.