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Una casi muerte en la playa cuando Perón destituyó a Bidegain

Cuatro estudiantes en la playa de Valeria del Mar, un Citroën cargado de bártulos, y el país que comenzaba a explotar lentamente

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En Valeria del Mar no había, en 1974, gran cosa. Sí mucha arena, y el magnífico océano. Esa vegetación seca y dura que crece entre las dunas. Habíamos llegado con Rafael, René, y Laura, en un Citroën que la familia le había comprado al estudiante, para andar mejor y más rápido por La Plata.

Rafael había aprendido a conducir con ese auto, y se notaba. El Citroën de dos cilindros cabalgaba como un corcel indómito, cargado hasta la extenuación de bártulos, todo lo necesario para acampar.

Tres días antes, el ERP había atacado el Regimiento de Azul. Fue un ataque cruento, y Perón había echado al gobernador Bidegain, haciéndolo responsable del hecho, y eso no se discutía, simplemente, se acataba.

Estábamos afiebrados por la política armada, la palabra hecha dinamita, y estábamos de vacaciones en esa playa que entonces era desierta, sin casas, sin agua, sin electricidad, sin nada, salvo nuestra carpa, y nosotros, estudiantes que aspirábamos a un mundo mejor, reunidos alrededor de una fogata hecha con ramitas y alimentada con una bolsa de carbón.

Esa noche jugamos a decir la verdad ante preguntas difíciles. Así, los humanos aprendemos a mentir con elegancia. Nos acostamos en pleno uso de la inocencia. Yo no lo sabía, pero Rafael cortejaba en silencio a Laura, y después se casaría con ella. Dormimos como ángeles.

La mañana nos despertó con mucho sol y una leve brisa con olor a sal. Los cuatro corrimos hacia el agua. La playa era abierta, el oleaje leve, el agua nos llenó de energía, y nos animamos a pasar una especie de río que se había formado con la marea baja para llegar a una pequeña isla.

Nos tendimos al sol de la patria, para analizar qué sería de nosotros, y de todos, con un gobernador como Victorio Calabró, a la derecha del peronismo sindical más derechoso, con prontuario de organizador de grupos paramilitares y agresiones más o menos encubiertas a todo aquello que pareciera un poco rojo, un poco zurdo.

La mañana avanzaba, y la isla se hacía cada vez más pequeña, hasta que de pronto nos dimos cuenta que ahora era un mar, no un río, lo que nos separaba de la costa.

Rafael se puso de pie, miró hacia los médanos, nos miró, y gritó: ¡Vamos, que nos tapa el agua! Y salió corriendo, con Laura y René de la mano, como en una película francesa.

Los vi meterse corriendo en el agua, hundirse, nadar, y de pronto fueron solo cabezas y brazos que se alejaban. Yo estaba petrificado. Nunca había nadado en el mar. Tomé envión, me metí en el agua, el agua me llegó a la cintura, las olas me impulsaron hacia la costa, pensé que llegaría fácil, que la corriente me llevaría, y me zambullí, y empecé a nadar.

La perspectiva cambiaba a flor de agua, ya no veía a los otros, el agua me cubría, y empecé a agitar los brazos como molinetes, y las piernas como pegándole patadas a los peces, las algas, los moluscos, los monstruos marinos.

Me sentía como en un mar de aceite, el agua era pesada, el agua era una cortina de plástico que me envolvía y me asfixiaba.

Ningún pensamiento tuve, les aseguro. Nada. Tenía el cerebro en blanco, los pulmones al borde de la angustia, sin aire. Quise hacer pie, tuve la esperanza de sentir el fondo, la arena firme, pero solo encontré más agua, y mi cabeza se sumergió, todo yo me sumergí, y entonces sí, tuve un pensamiento.

Fue un pensamiento negro, sin luces, un pensamiento sin palabras. Supe, entonces, que era posible pensar sin lenguaje. El pensamiento era como una masa de energía, una bola de fuego que empezó desde el vientre hacia la garganta.

En un segundo, antes de desmayarme, sentí una mano que aferraba mi brazo, y rodeé con los brazos un cuerpo, y quedé abrazado a Rafael, que me miraba, sonriente, con su barba rojiza colgando de la cara como un estropajo húmedo.

No dije nada, y me tendí de espaldas sobre la arena mojada y tibia de la playa, a la que había llegado en el primer acto milagroso, el primero de otros muchos que después se fueron sucediendo, para demostrarme, tal vez, que la vida se terminará solo cuando deba terminarse, ni un segundo, antes, ni un segundo, después.

No hay anuncios rimbombantes, ni ángeles tocando las trompetas, ni la parca desenfundando la guadaña, es solo un momento inevitable, un paso más, que solo representa el olvido, ese consuelo, ese afán inadmisible.

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