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El combate de Chocón que casi no existió: la batalla perdida en la memoria de la Patagonia

El 29 de marzo de 1882, a orillas del Limay y en un territorio que aún no conocía fortines ni pueblos, cinco soldados enfrentaron a un grupo de guerreros indígenas en un combate que nunca llegó a los libros de historia

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Combate del Chocón (Ilustración del autor).

Hay hechos que, por pequeños en apariencia, parecieran condenados a deshacerse en la arena del tiempo. De la guerra sin cuartel que se libró durante siglos en la vasta frontera sur, la guerra cotidiana, de avances y retrocesos, de correrías, fortines precarios y de vidas suspendidas en el filo de la lanza casi nada quedó estampado en las páginas de la historia oficial. Lo señaló con claridad Liborio Justo en 1962: frente a las grandes narraciones épicas de López, Mitre, Estrada o Levene, esta guerra silenciosa, múltiple y continua, no mereció una línea.

Y es verdad. El combate que aquí nos convoca no decidió la suerte de un gobierno, ni modificó la cartografía, ni fue citado en salones parlamentarios; no figura en manuales ni en crónicas escolares. Su escenario no tuvo nombre ilustre: un rincón áspero y agreste del territorio argentino, hoy neuquino, entonces apenas una travesía cruzada por huellas indígenas, la estepa vibrando bajo el sol y el Limay como testigo antiguo. Pero sobrevivió. Y lo hizo gracias a la mano de un hombre que supo mirar y sobre todo, escribir.

José Juan Biedma.

Ese hombre fue José Juan Biedma: periodista, escritor, historiador y autodidacta consumado. Alférez del Regimiento 7º de Caballería en 1882, sería luego un recolector apasionado de papeles, notas y documentos imprescindibles para entender el pasado patagónico. Fue él quien rescató del olvido el episodio al que llamó, con su lenguaje de campaña, “combate del Chocón”, ocurrido el 29 de marzo de 1882, y protagonizado por un soldado cuya figura, humilde y trágica, perdura hasta hoy: Octaviano Toledo, apodado “Pata Loca”

José Juan Biedma, periodista, escritor, historiador y autodidacta consumado. Alférez del Regimiento 7º de Caballería en 1882, sería luego un recolector apasionado de papeles, notas y documentos imprescindibles para entender el pasado patagónico. Fue él quien rescató del olvido el episodio al que llamó, con su lenguaje de campaña, “combate del Chocón”, ocurrido el 29 de marzo de 1882, y protagonizado por un soldado cuya figura, humilde y trágica, perdura hasta hoy: Octaviano Toledo, apodado “Pata Loca”.

 

"Pata Loca", el soldado que eligió seguir siendo soldado

Toledo era mendocino, hombre jovial y de descuidada educación, cantor de fogón, contador de cuentos, guitarrero y dueño de esa chispa humana que en los puestos avanzados valía más que cualquier ración de charqui. “Jamás le faltaba una ocurrencia oportunísima”, recordaba Biedma, y cuando no hacía reír, entonaba una vidalita o una décima satírica que aliviaba por un instante, la monotonía interminable del desierto. Pero detrás de su apariencia ligera, escondía una firmeza de carácter que rozaba la porfía. Su sentido del honor rústico, imperfecto, pero profundamente suyo lo llevó incluso a rechazar ascensos: no quería tener autoridad sobre sus compañeros por temor a castigarlos. Era un soldado raso por elección.

Fortin Arroyito (Fuente: Archivo General de la Nación).

Se destacaba en el manejo del sable. Lo hacía bailar en el aire con ambas manos sin que las hojas chocaran entre sí; destreza que solo dan la práctica insistente y cierta predisposición natural para la violencia honrada. Porque Toledo podía responder a una ofensa con un par de puñaladas, sí, pero del mismo modo era capaz de tender la mano al adversario vencido, con franqueza y sin rencor. Así era el hombre destinado a protagonizar su última tarde.

Aún no existían los fortines de Arroyito ni de Picún Leufú. La línea militar era frágil: postas, chasques que llevaban mensajes a caballo y pagadores con sus mulas formaban un paisaje que solo perturbaban los aguiluchos, los peludos y los silenciosos guanacos. Sobre la tierra, como una escritura paciente, se marcaban las rastrilladas indígenas que iban y venían hacia el Limay.

El sargento segundo Rosendo Nievas recibió entonces una orden precisa: debía situarse al pie de la travesía del Chocón y aguardar el paso de un chasque que venía desde Fuerte General Roca. Lo acompañaban Toledo, el soldado Manuel Canales y dos hombres más del 5º de Caballería.

Pasaron dos días de espera, y el 29 de marzo amaneció espléndido. Biedma lo describe con detalles que hoy resultan estremecedores: “reinaba en la naturaleza toda la calma abrumadora del desierto”. Pero esa calma, como tantas otras en la frontera, era apenas un velo antes de la tormenta.

Al atardecer, una polvareda insinuó la llegada del chasque. No era tal. Eran dos jinetes indígenas de largas melenas que cruzaban el Limay. Detrás, desde una isleta, siete aborígenes más arreaban más de cien caballos. El pequeño grupo militar tomó posición. Eran cinco contra, por lo menos, siete enemigos para cada uno. El dilema fue inmediato: morir o vencer.

Fortin Picún Leufú (Fuente: Archivo General de la Nación).

Cinco hombres contra un centenar de caballos

Cinco disparos de carabina fallaron el blanco. Los indígenas, confiados en su número, desmontaron y cargaron con sus lanzas. El entrevero fue tan cercano y feroz que los soldados abandonaron las carabinas inútiles para la defensa cuerpo a cuerpo y recurrieron al sable, donde Toledo brillaba con su habilidad casi coreográfica.

Lo que sigue es una de las páginas más vivas que Biedma dejó escritas:

sables que se levantan y caen, cráneos hundidos, lanzas partidas, sangre fresca en el aire seco del atardecer, carabinas usadas como mazas cuando sus hojas se quiebran. Un combate sin épica ni gloria, apenas pura supervivencia. El capitanejo indígena avanzaba animando a los suyos hasta que una bala le destrozó la rótula. Cayó, y “Pata Loca”, veloz como un relámpago, lo remató con el fragmento ensangrentado de su sable. Aquella fue su última victoria.

Los indígenas, diezmados, huyeron.

Lo cierto es que, sin la pluma de aquel alférez convertido en historiador, este combate mínimo, remoto, violento y humano habría desaparecido para siempre.

En el suelo quedaron Nievas, Toledo y Canales, vivos pero atravesados por lanzazos múltiples: en el vientre, en el pecho, en los muslos, en los brazos. Regresaron al campamento “en lastimero estado”.

Toledo, el más grave, fue enviado en bote hacia Fuerte Roca. No llegó con vida. Murió en la embarcación, cerca de la Confluencia, a la altura del fortín 1ra. División.

Fue enterrado en el cementerio del antiguo fuerte, y Biedma asentó en el libro de órdenes del regimiento una frase breve y terrible: “muerto por los indios”.

La gran inundación de 1899 quizás arrancó su cruz y la llevó río abajo, hacia el Atlántico; o tal vez permanezca, corroída e ilegible, entre las piedras del río Negro. Nadie lo sabe.

Lo cierto es que, sin la pluma de aquel alférez convertido en historiador, este combate mínimo, remoto, violento y humano habría desaparecido para siempre.

En el vasto territorio de El Chocón, por ahora, es el único combate documentado que tenemos. Y si hoy vuelve a la luz, es porque todavía hay historias que no se resignan a morir.

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