Teníamos el propósito irrenunciable de hacer algo en medio de la imposibilidad, y nos pusimos a hacer una revista. Éramos, con osadía, Luis Felipe y yo, pero agregamos a Héctor “El Ruso”, y a Ricardo. Era 1978, Argentina había ganado el campeonato del mundo, y Boca jugaba, en septiembre, el partido clave por la Libertadores ante Atlético Mineiro.
La revista no era deportiva, nada que ver. Pretendía ser “cultural”. No teníamos plata, pero eso no importaba demasiado. Escribí un cuento (“José”, una historia en el reformatorio), el Ruso nos entregó una poesía y una nota sobre Sid Vicius, Ricardo hizo un artículo acerca del cine de Sergei Eisenstein, Luis Felipe escribió un pretencioso ensayo sobre la teoría de la evolución frente a las creencias.
Nos juntábamos con Luis Felipe para teclear en la máquina los originales. Había que tipear con cuidado y sin errores, pues así irían a la imprenta, en un sistema de foto-impresión parecido al de los miméografos, que habíamos conseguido a bajo precio en Olavarría, con la gestión de Juan José, un amigo periodista con el que -años después- compartí mi primera experiencia en el rubro en Neuquén.
Luis Felipe le puso nombre a la revista: El Cuervo. Curiosamente, fue para la misma época en que comenzaba una revista española con ese nombre, pero eso no lo sabíamos. Luis Felipe pensó en Edgar Allan Poe, y estuve de acuerdo: la época que vivíamos era sombría, como aquel poema, que por algo decía, obsesivamente, “nevermore”.
Llegó septiembre y estábamos en el comedor de una casa que ya no recuerdo, tipeando las últimas páginas de texto. El día en que Boca jugaba con Mineiro. La radio, encendida. No había transmisión de TV. Luis Felipe no le daba bola al fútbol, pero yo sí. Hincha bostero, orgullosamente.
Ese día, Miguel Angel Bordón hizo, con sendos tiros libres, los dos goles de Boca, que fueron más que el único convertido por los brasileños. Dos cañonazos. Dos misiles de aquel defensor para el Boca que salió, después, campeón de la Libertadores.
El festejo en mi familia coincidió, pues, con los últimos originales de El Cuervo. Mis padres observaban mis actividades culturales con cierta preocupación. Tal vez ellos eran más conscientes que yo del peligro, de la vigilancia que había sobre nosotros, apenas poco más de un año después de haber pasado por los calabozos y los juzgados.
La revista salió, a principios de 1979. La distribuimos entre conocidos. Preparamos el segundo número, que nunca llegó a la imprenta porque se nos esfumó la poca plata que teníamos. Eso nos salvó, aunque no lo supimos entonces.
Pasó el tiempo, y, en 2011, una periodista, Mara Polgovsky Excurra, me contactó por Internet y me envió archivos desclasificados de la dictadura. Con ellos, escribió un artículo sobre la revista El Cuervo, nuestra modesta experiencia bonaerense del año 1978.
El cuervo fue considerado por el ejército como «un libelo», una «publicación pornográfica, vulgar», que utiliza un lenguaje grosero, el cual no puede tener una incidencia ideológica y menos filosófica, ya que se trata de un conglomerado de palabras y frases en las cuales —ni siquiera— se identifican personajes». No obstante, continúa la evaluación, “[n]o se puede obviar la pretensión final y oscura que guarda dicha publicación, que tiene una dirección izquierdista”, se dice en esa nota, publicada en marzo de 2011.
Desconocemos cómo cayó El cuervo en manos del Comando General del Ejército, pero éste informó sobre la existencia de la publicación al Ministerio del Interior. La denuncia llegó a principios de julio de 1979, es decir, a menos de dos meses de la aparición de la revista, escribió Mara; para agregar después que La rapidez de la acción militar frente a esta publicación juvenil nos habla tanto de la peligrosidad que le fue atribuida como de la existencia de un extenso aparato burocrático encargado de un celoso control de los productos culturales.
De todo eso me enteré, ya periodista veterano, sobreviviente de muchas batallas. Luis Felipe ya había muerto; el Ruso, también. Ricardo tiene tres nietas hermosas, y yo persisto en estas cuestiones de contar hechos, grandes o pequeños, con la humilde misión de transmitir cosas de una generación a las otras.
Bordón, el de aquellos goles extraordinarios, también ha muerto. Boca Juniors, bien vivo, volverá a enfrentar a Atlético Mineiro, ahora en Barranquillas, por la final de la Copa Sudamericana.
Las revistas también han muerto, o, por lo menos, ha muerto ese formato.
La vida no, la vida sigue. Por rumbos misteriosos, como siempre.