¿Quiere recibir notificaciones de alertas?

Logo Am2022
PUBLICIDAD

Cuando Estudiantes salió campeón en la casa de la abuela

En tiempos de la TV en blanco y negro, y de raras ocasiones de transmisión de partidos de fútbol en vivo, los pincharratas vivieron su gloria máxima: todo visto desde la cocina de la abuela.

Agregar Mejorinformado en
Agrega Mejorinformado a tus medios preferidos en Google
PUBLICIDAD

La cita se pactó con rigurosidad implacable, pues no se suspendería por mal tiempo ni por ninguna circunstancia: visitaríamos a la tía Negra, que vivía con su marido en la casa de los abuelos, y tenía televisor, y, por lo tanto, podríamos ver, con un poco de suerte, la transmisión del partido revancha entre Estudiantes y Manchester United, en el Old Trafford, una ocasión única para la familia.

Éramos, mayormente, de Boca. Pero Estudiantes de La Plata era el equipo del momento. Había ganado la Copa Libertadores, y le había ganado el primer partido por la Intercontinental al famoso y prestigioso club inglés, en la Bombonera, por uno a cero, gol de Conigliaro.

Era octubre de 1968, y en toda la familia había solo un par de televisores. La señal llegaba directamente por aire, era necesario una antena, lo más alta posible. Raramente se veía con imagen nítida, pues estábamos a 300 kilómetros de Buenos Aires; así que los televidentes pajueranos de entonces andaban, bizcos, tratando de enfocar entre una lluvia de puntos lo que sucedía en las entrañas de ese infernal aparato en blanco y negro.

Así y todo, estábamos empeñados, y teníamos fe, en que veríamos el partido, o por lo menos parte de él, en el televisor de la tía Negra, ubicado en la cocina grande de la casa de la abuela, Lavalle 1075, allí donde nace la calle Leyría.

Vivíamos bastante lejos nosotros, en el predio donde estaba la cancha de Chacarita Juniors, en Urioste y Rauch; así que salimos temprano, caminando por la Rauch rumbo al norte: calle de tierra, bordeada por terrenos que eran campos llenos de pajonales con alguna que otra vaca y caballos pastando desganadamente.

Nos recibió la tía y la abuela Camila: estaba todo preparado para que mi padre, mi madre, mis dos hermanos y yo, nos sentáramos, agasajados como visitas, frente a la caja con pantalla convexa, que ya estaba encendida. No se veía muy bien, pero tampoco muy mal; cada tanto, la imagen se perdía y venía la maldita lluvia.

Pero las ganas de ver a Poletti, a Malbernat, a Bilardo, y, sobre todo, a la bruja Verón, en fin, a todo el gran equipo de Zubeldía, superaban cualquier inconveniente visual.

Con la radio encendida y sintonizada en el relato, acompañando las idas y vueltas de la imagen del televisor blanco y negro, empezó el partido, amenizado por empanadas y sanguchitos de miga, todo hecho en casa por la tía Negra, que era cocinera y trabajaba en el Arsenal Naval Azopardo, en la cocina del casino de oficiales, allá en las sierras azuleñas, pegado a la entonces Fábrica de Explosivos FANAZUL, donde trabajaba mi padre y buena parte del resto de la familia.

El partido empezó y nuestros ojos se agrandaron como faros en la tormenta. Un poco por transmisión sensorial, y otro poco gracias a la imaginación, entre la radio y el televisor íbamos reconstruyendo jugada por jugada.

El gol de Estudiantes llegó rápido. A los siete minutos, en una jugada del laboratorio de Zubeldía, la Bruja Verón metió un gran cabezazo, y dejó mudos a los 63 mil hinchas británicos que estaban en el Old Trafford.

Todo lo demás fue una gesta de valientes, una batalla. Estudiantes resistió todos los embates. Denis Law, Bobby Charlton, George Best, chocaron una y otra vez contra el impecable orden defensivo y las atajadas monumentales de Alberto Poletti.

La familia estaba prendida a la esquiva pantalla. Gritamos, cantamos, comimos, nos abrazamos. Hasta que, cuando ya terminaba el partido, en el minuto ’90, un tal Willie Morgan metió el gol del empate.

Con los sanguchitos atragantados, que subían y bajaban por el convulsionado aparato digestivo de la familia televidente de visita, los últimos minutos fueron a puro nervio, a puro rezo. ¡Y Manchester hizo el segundo gol! ¡Pero el referí, el yugoslavo Konstantin Zecevic, había pitado el final del partido! ¡Y el gol fue anulado!

La cocina de la vieja casa de los abuelos fue testigo de un jolgorio solo posible en Argentina, país futbolero de verdad. Estudiantes era campeón del mundo. Un equipo argentino había vencido al más importante equipo de Inglaterra.

Volvimos, cansados pero felices, a nuestra casa de la cancha de Chacarita, de vuelta por la calle Rauch, bordeando los alambrados precarios y los campitos, que hoy han quedado sepultados por el avance de la ciudad, pero que entonces eran una extensión propicia para que la imaginación volara, como un pájaro, por sobre los pajonales.

Ahora, Estudiantes volverá a jugar una final de la Copa Libertadores. Y aquellos días felices, aquellos tres años de gloria ininterrumpida de los pincharratas, tal vez se actualicen en estos tiempos de televisores de alta resolución, transmisiones por Internet, y algoritmos organizando nuestra vida.

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD