Fue en un Café oscuro, chiquito, que quedaba apenas a unas cuadras de la estación de trenes, al costado de una vereda de baldosas flojas, con paredes descascaradas y con un halo romántico impuesto, un poco falso, pero bienvenido al fin.
Se habían encontrado allí de casualidad. El volvía de Buenos Aires, huyendo espantado de una pensión maloliente, llena de odio, una pensión que parecía escrita por Kafka, y ella estaba en la noche acompañada por esa corte de amigos reverenciales, que veían en ella lo que ellos jamás podrían ser.
Entró, al verla a través de la vidriera, brillar como una lámpara, en la mesa adormecida por los cigarrillos humeantes, y se quedó, y ella también, mientras todos se iban, hasta que quedaron frente a frente, tan cerca otra vez después de aquella inicial cercanía, y él sentía la necesidad de pegarse a esa piel, asombrosamente desplegada en valles húmedos y montes ariscos.
El Café se quedó con ellos dos habitando la madrugada, y la charla tuvo de fondo insólitamente a Demis Roussos, que decía morir al lado de mi amor, mientras ellos se miraban, en silencio, como embobados.
Fue entonces que ella le habló de la tumba, y de cómo la habían secuestrado.
El la escuchaba con una asombrosa calma, tal vez pensando en sus propios padecimientos, o haciéndose el canchero, innecesaria y penosamente.
Perdoname, pero te lo tengo que decir, decía ella, y con voz entrecortada, pero a la vez firme, le describió cómo fue explorada por una picana insidiosa, cómo la electricidad le recorrió cada zona fragmentada de su cuerpo, cómo llegó a sentir en su verdugo a su única posibilidad de salvación, alguien con quien hablar, alguien que decía te entiendo, te entiendo preciosa, mientras le clavaba la picana entre las piernas.
El cuerpo se le arqueaba sobre el elástico de cama, y alguien, alguien que tal vez era ella misma, gritaba, con una voz que no era la suya, sino que era la de todos los sufrientes hijos de la tierra perdida, perdida para siempre, mientras Demis Roussos cantaba morir al lado de mi amor, y él creía entonces que ella era el amor, el único amor que siempre tendría, con las manos agarradas por encima de la mesa llena de puchos, y café seco, y cenizas del mundo, en la oscuridad, a tres cuadras de la estación de los trenes que nunca irían a ninguna parte.
Esas sensaciones recuerda ahora. Y recuerda que lo peor que pasaba entonces, y que tal vez esté sucediendo, es la incapacidad de entender, la facilidad para vivir recordando o proyectando, y experimentar la vida de otros, y no la propia.
Y recordó lo que alguna vez había escrito, o leído: Estamos en la mira de los fusiles, en el destino de las mariposas negras, y no hay muerte, ni olvido, sino apenas un sueño, en el que hablamos entre nosotros, suavemente.